martes, febrero 19, 2008

Quisiera nombrar hechos trascendentes.
Hablar de la pobreza del mundo
de la forma menos arquetípica
para hacer un dolor tal que colapsara.

Sangrar el dolor a gritos de ventosas de voz.
Jamás volver a mencionar pájaros ni flores.
Rebautizar al mundo en sus verdades de carne y hueso

por su propio nombre, nombre
que en la oscuridad rompa, más que el amor,
el corazón de los cientos hijos de puta o de madre

dioses falsos.

Descubrir el lugar de la campana que hace sonar,
y hacer sonar el ancestral pulso de las cosas.
Ese que se expande y contrae a golpe de tres piedras
y pone a las criaturas a llorar o a sonreír a voluntad.

Dejar a la intemperie la ternura viva de todo lo que existe

Dormir y despertar en el aposento, lecho blanco,
de la ensimismada y ociosa mujer
tejedora de la piel, el arte y la escritura

En todo caso, como hacen los poetas,
hablar a través mío pero dejar de hablar de mi.



3 comentarios:

Carmen dijo...

Eso María, dejar hablar a la poesía. Y que la oscuridad de la pantalla cambie por este color más legible y bonito, ¡bravo!

Anónimo dijo...

Qué poema!

Te quiero mucho, María, haces falta.

Sor Juanais dijo...

María que poema tan hermoso y que fuerza!!! te adoro.