sábado, septiembre 23, 2006

Vienes y vas como las olas

Mi boca húmeda queda ansiosa
añorante eterna de la sal de tu piel.
Y quiero ser sirena.

Vienes y vas como las olas

miércoles, septiembre 13, 2006


EL HORMIGA

Una hormiga solitaria, que era un hombre joven no una mujer, llevaba muchos días caminando sin saber cómo llegar de nuevo al lugar donde había piedras circulares, brillantes, como las de su tierra. Tenía que llegar, aunque ya no estaba seguro de si recordaba el lugar o lo que recordaba era un invento suyo, de tan cansado que estaba después de llevar días y días caminando tratando de dilucidar su ubicación con ese nuevo cerebro microscópico que era todo lo que ahora poseía para pensar. Si pudiera regresar, se decía a sí mismo, talvez pudiera volver a ser quién era y no esa minúscula, estúpida y negrusca cosa en la que se había convertido.
En estas cosas estaba pensando, cuando vio que unas enormes botas casi lo hacían trizas. Antes de que pudieran hacerle daño, logró de un ágil salto subirse al pantalón del dueño y se quedó muy quieto. Sólo al rato, cuando estuvo seguro de que no lo había descubierto, se atrevió a moverse y reconoció estar encima de un celador: una escopeta le pendía del brazo y su rostro se veía serio y gastado. Cauteloso, caminó hasta los hombros del hombre y desde allí leyó “Hogar Geriátrico”, grabado en la pared. Tampoco es aquí concluyó. Sin embargo, pensando que ya no tenía nada qué perder, decidió entrar. Caminó por enormes corredores blancos y relucientes. En medio de tanta amplitud, de tanta asepsia, se sintió como un mugre sin limpiar, algo más grande que una pulga, pero bastante más lento y estúpido que ellas. Todos las habitaciones estaban vacías de gente, atiborradas de objetos y a oscuras. Todas, excepto la última a la que entró: en la habitación había una mujer sentada escribiendo y frente ella, una piedra circular y transparente, destellaba.
A la máxima velocidad con que puede desplazarse una hormiga, escaló por una de las patas de la mesa y al estar frente a la piedra, vio que su pequeño cuerpo se reflejaba en el interior como el del hombre que recordaba ser. Abstraído como estaba con su imagen, no tuvo tiempo de protegerse cuando la enorme mano de la mujer se le vino encima y con intencional delicadeza le rozó el cuerpo. “Por fin llegaste – la escuchó decir-. Te estaba esperando.” Acto seguido, la metamorfosis comenzó con un escalofrío como un látigo que le recorrió todo el cuerpo.

martes, agosto 15, 2006

EN EL NOMBRE DEL PADRE

Ella llegó con paso lento. Tras sus espaldas había dejado todo su mundo pero hacia el frente, traía a su pequeña hija descansando sobre su abundante y generoso cuerpo.
- Hola Nana – la saludé
- Hola tía – dijo por respuesta-.
Observé la niña con detenimiento: era muy pequeña, de tez muy blanca y parecía tan frágil, que de inmediato despertó en mi un viejo sentimiento maternal que debió explicitarse en mi mirada.
- ¿Quieres alzarla? - me preguntó.
- ¡Claro! - le contesté- . ¿Cuántos meses tiene?
- El 31 de mayo cumple un año – me respondió orgullosa.
Al escuchar la fecha descubrí inmediatamente con la pequeña una asociación mayor que la filial: mi fecha de cumpleaños también era en mayo, el 13 exactamente que era lo mismo sólo que al revés. Secretamente me alegré de encontrar esa complicidad y sonriendo miré de nuevo a la madre que con sus carnes generosas hacía evidente estar escasa de amor hacia sí misma, y tuve fe por primera vez, de que esa bebé sería su reivindicación.
- Se llama Julia – agregó sonriendo -. como Julia Roberts, ¿sabes quién es?

Al llegar a casa mi hermano, él y mi padre de ochenta años, en idéntica posición estaban sentados cada uno en una esquina del sofá viendo la tele. Desde que se jubiló ambos pasaban las horas junto a la pantalla viendo carreras de autos, partidos de fútbol o programas portorriqueños que con gritos entre padres, hijos o amantes, pretendían arreglar el mundo. Verlos así, idiotizados frente a la pantalla, revivió en mí un viejo fastidio por la escena y dudé de haber pensado que fuera una buena idea motivar este encuentro.

Cuando mi hermano vio entrar a su hija con la bebé en brazos, un silencio pareció acallar de improviso toda la habitación. Se levantó de la silla y balbució un “ Hola” sin poder dejar de observar la niña. Mi padre a cambio, no desvió el rostro ni un minuto de la tele. A pesar de estar frente a su bisnieta, simuló estar más sordo ó más ciego de lo que está.
Los ojos de la joven madre, de la niña y los del recién abuelo, se reflejaron entre ellos como un callado eco, y pude reconocer en mi hermano que había olvidado lo inolvidable: que la niña tenía dos madres, que era hija de tres. Frente a su nieta, sus ojos irradiaban una enorme ternura. Vi como sentía un imperioso el deseo de acariciarla, de sentir la suavidad de piel. Sin embargo, una especie de rayo negro de repente le atravesó el semblante y otra parte de él, una que le conozco bien, ajena y fría, borró en un solo segundo aquel deseo que hubiera podido desaparecer para siempre la rabia y el dolor. El rayo favoreció al orgullo, la estupidez, la cobardía. Entonces se detuvo y sin necesidad de articular palabra supe que había retrocedió a su vieja sentencia: madre e hija jamás tendrían su bendición.
- ¿No la vas a alzar? – escuché que mi sobrina preguntaba a su padre.
Mi hermano, como si no la hubiera escuchado, como si en la sala no estuviera nadie, no respondió, se dio la vuelta y volvió a la televisión.
- ¡No puedo creer que no la vas a alzar! – le grité indignada.
- ¡Tú no te metas! – escuché sorprendida a mi padre responderme.
- ¡Pero es su nieta! - le dije - ¡la niña no tiene la culpa!
- Eso no importa – me contestó - esa niña no es hija de Dios.

Quedé de una sola pieza. Acaso podía ser cierto que yo era la hija de aquel hombre. Los ojos de mi sobrina brillaban inundados por las lágrimas. Los de la niña, ingenua a todo y a todos, continuaban observándonos y sonriendo sin juzgarnos, y yo sentí vergüenza; vergüenza de ser un ser humano.

viernes, agosto 11, 2006

(SE FUE Y EL SILENCIO ES ROTUNDO)

DESDEA SOY

Yo, Desdea la loca, piso las calles.
Rompo mi boca loca bajo la noche.
Me doy a los fantasmas de mi tristeza
a los rostros que he sido y a los que esperan.
Yo, Desdea la loca, la que se inclina
A buscarse en las sombras... La que camina...

Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.

Yo, Desdea decreto que la locura
es la amante perfecta que me domina.
Que es mi amante secreta y que voy con ella
de la risa y la mano hasta que las cosas
me abandonen del todo por mi locura.

Yo, Desdea la loca que ama el delirio
bebo la vida a diario con ansia sorda
-Y esta sed es más grande mientras más ando-.
Yo, Desdea la loca, soy una sombra.

Yo, Desdea la loca soy una amante
una niña que juega feliz y loca.

Tengo la risa grande de la amadora
a la magia me entrego y ella me adora.

Me hace el amor el vino... Me rompe un verso.
Me diluye un delirio... Me hace un secreto.
Me deshace Desdea -¿Cómo lo haces?
La canción de una piedra cuando se parte;
Yo, Desdea la loca. La que ríe sola.
La que habla con los perros, la que se inclina
a mirarse los ojos en las estrellas.
Yo, Desdea la loca la que se asombra
la que mece a su sombra cuando camina.
Yo, Desdea la loca soy una obsesa.

Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que todo lo que tuve me lo he jugado.
Que todo lo he perdido, pero lo he amado.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.

Yo, Desdea la loca, como un decreto
pido a mis soledades que me retengan...
Pido que me recojan las caracolas
que me lleve la lluvia donde no llueva.
Yo, Desdea la loca soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante.

Desdea soy y me desdoblo a diario.
Con mi otro yo transito en las ciudades.
Desdea soy ¡hija de nadie!

Al viento voy...
Al viento voy cantando...
¡Desdea soy!


Liliana Cadavid
(mi amiga del alma que se ha ido)

viernes, agosto 04, 2006



TRAS DE LA CASA

¿Por qué llegar y sentir esa casa como propia,
como la conocida, cuando nunca se había visto?
¿De qué está hecha? ¿Cuál es su materia?
Ninguno de los muebles ha sido mío aunque quisiera
ninguna de sus telas, sus tapetes, sus cobijas
he palpado, ni me he abrigado en ellas.
Aquella casa vista ensueños es mi casa, lo sé,
aunque esté tan lejos,
tan después del río amarillo, denso y peligroso
tan después del lagarto enorme
fiero hambriento.
Aunque para llegar a ella,
para poder entrar de nuevo,
haya tenido que hacer, rito primario, un sacrificio y
dar una vida, la de un cachorro para hacerlo.

Recorrí sus estancias de penumbra y polvo,
observé a través de la ventana
su hermoso jardín desecho,
vi la limpieza suspendida de la cocina vieja
y arriba, a unos pocos escalones sollozantes,
la habitación de la danza, del juego, de la alegría.
Más allá encontré la del reposo, dulces sueños,
y más arriba, aquella a la que tuve que ingresar
arrastrando el cuerpo por el suelo,
ínfima buhardilla, desde cuya ventana pude atisbarme a lo lejos.
Viéndome escindida, tan cerca y tan lejos de mi,
Quise preguntarle ¿Quién era yo? al viento.
Él con certeza lo sabría pues era el único
que recorría, con sus pasos los caminos
y un sólo “Tú”, fue lo que obtuve por respuesta,
tan simple y tan complejo como eso.

Entonces pude deshacer mis pasos:
regresar al fogón, encender el leño y hacer fuego.
Prometerle a las rosas asfixiadas, a la huerta,
volver a acicalarlos y por ahora, hacer
de su vida en desenfreno un florero.
Salir de nuevo,
dudosa de si cerrar o no la puerta.
Caminar liviana y en sosiego, cruzar
el río por un lugar no antes descubierto,
atravesar las aguas sobre un tronco
que me esperaba cual camino,
continuar en dirección a la tumba
en la cual descubro, he estado sentada
sin saber desde el principio,
tumba antigua, simple piedra oscura y carcomida
hermosa, sin adornos
posible habitación eterna de Marguerite Duras,
o mía propia,
cuando sea la hora
de no mirar más la casa,
de no volver a ella,
de nunca regresar.
– ¿Por qué su color blanco amarillento como anticipando,
por la delgadez de la piel, el craneo?
- Para que nadie se asuste en la última mirada, antes de que la tierra
lo oculte para siempre.

lunes, julio 17, 2006



Anoche lo supe: el arte, la muerte y la locura, son las tres habitaciones de mi sueño.

jueves, julio 13, 2006

El sudor de mi cuerpo pinta las paredes de mi cama.

martes, julio 11, 2006

En tanto la noche se acerca y cerca todo, las flores gritan su olor.

sábado, julio 08, 2006

TEMER MORIR ES TEMER VIVIR, Y YO ME PARALIZO TRATANDO DE EVITARLO

“La experiencia amorosa nos da de una manera fulgurante
la posibilidad de entrever, así sea por un instante,
la indisoluble unidad de los contrarios.”

“En la creación poética pasa algo parecido:
ausencia y presencia, silencio y palabra,
vacío y plenitud son estados poéticos
tanto como religiosos y amorosos”

El Arco y la Lira, Octavio Paz


Llegó un punto dónde no pudo detener, ni negar por más tiempo el desvanecimiento que sentía. Frente a él su cuerpo perdía todo el peso, se sentía ligera casi a punto de caer y esa sensación de perder la forma, de derretimiento, remplazaba su seguridad y el control de sus emociones y sus actos. En otros tiempos, sin la menor duda habría creído encontrar por fin el amor. Hoy ya no creía en ello. Después de haber sido su amante tantas veces, de haber dormido con él y desnudarlo, había descubierto su naturaleza de ropaje: era sólo un vestido gaseoso que mal lograba esconder el imperioso deseo del cuerpo del otro, para sentir el propio cuerpo a través de él. Ser uno, siendo dos en un instante. Ahora, podía reconocer su fuerza que lo invade todo, rompiendo diques y fronteras, haciendo de dos seres, una pareja aunque feliz, ansiosa presa. Y sabía, no podía olvidar, la muerte que siempre traía consigo, la disolución.
Por eso tenía miedo. Con el deseo ya nada se mantendría estático, todo correría sin futuro, vertiginoso, hacia la muerte. No había cómo escapársele al destino: ya lo deseaba y desearlo, era perderlo. Vivirlo, matarlo para siempre. Por fin sabía que, como tantas otras veces, quererle era clavarse el puñal mágico en el centro y al hacerlo, ser testigo de cómo él iría muriendo y ella con él. No importaba que esta vez fuera la única o la que más un exabrupto pareciera; el destino como siempre correría implacable: más cerca o más tarde, sólo quedaría la distancia, el recuerdo, la nada; o si acaso, a lo mucho, un reflejo del dolor.



Las flores en el florero parecen estar muertas, una cosa más que adorna la habitación.
Pero es falso.
Ellas expanden su aroma cuando cae la noche y lo guardan en las mañanas, cuando tu no estás.

miércoles, julio 05, 2006

Pluma blanca
déjame llenar de sangre negra tus pulmones.
Ser contigo el paisaje que grita el viento
o el silencio,
a veces hombre,
a veces mujer o viceversa
sin miedos, sin culpas, volar.

Déjame,
llenar de sangre negra tus pulmones.
Ver a dios o al diablo
anegarme en el pozo oscuro del amor
o el desamor,
llorar los mares con aguas que me son ajenas.

Ser contigo otra, todas y cualquiera.
Sin cauce construir el río.
Hacer de las piedras campanas
de los pescados gatos
de tu blancura luz

y dejar ciego, a quien con sus pupilas
roce tus níveas aspas,
de este mundo real y sin sentido,
estúpido, atroz.

jueves, junio 01, 2006



OTRA LUZ

El sol rojo, amarillo, de esta tarde pasmada
roza la ciudad sus filos,
y hace de luz las azoteas.
En ellas, pantalones camisas medias
brillantes pájaros de colores
se mecen suspendidos
mientras se secan al sol.
Qué tristes, parecen
sólo pájaros amarrados de sus patas
imposibilitados de volar.
1.996

La aurora en Nueva York
amanece muda
o muerta.
En ella los pájaros
(cadáveres) cantan
en silencio.
Las sirenas histéricas a cambio,
festejan con su llorar
macabro, cada día
una victoria.

domingo, mayo 07, 2006

OTRA PRIMAVERA

Pinceladas moradas sobre un gris.
Campanas vegetales sin freno
que vuelan al vaivén de l viento.
Explosión de pistilos
y de estambres esperando
diluirse en sexo,
y yo, escribiendo.
LA ESPERA


Era un 23 de Enero. Yo tenía seis años, hacía mi primer año y mi madre tal como todos los días me llevó a la escuela. Recuerdo, al llegar la campana había sonado, la puerta estaba cerrada y la normas que en la escuela eran muy estrictas estipulaban que una vez cerrada la puerta no había manera de ingresar. Aún así mi madre timbró y rogó que me dejaran entrar pidiendo disculpas por la tardanza. Antes de despedirse, me dio un abrazó fuerte, acomodó mejor una hebilla qué había colocado en mi cabello, me dio un beso y se fue.

Yo, era un niña tranquila, obediente, fácil en el trato aunque algo reservada. Mis compañeritos del salón me apodaban “ Cami” a secas, y tenía una mejor amiga, Laura, que como casi todo lo que quise en mi infancia, nunca más volví a ver.
Extrañamente por lo coincidente, ese día en clase nos enseñaron la construcción escrita de la palabra mamá. Aún me veo sobre el papel del cuaderno tratando, con gran esfuerzo, de domar un lápiz para escribir su nombre. Sí, mamá, el único nombre que en aquella época conocía de mi madre. De Maribel Monroy Flores.
A eso de las dos de la tarde, hora en que regularmente terminaba la escuela sonó el timbre anunciando la salida y un tropel de niños, entre ellos yo, bulliciosos y desordenados invadimos el patio de recreo a esperar que llegaran nuestros padres por nosotros; poco a poco fueron saliendo muchos y fuimos quedando los menos. Una hora más tarde ya todos se habían ido y yo, solitaria lloraba en una esquina. Entonces fue cuando mi maestra de aquel año, salió al patio y me vio todavía esperando: “Seguro tu madre no ha de tardar” me dijo, “siempre llega por ti a tiempo”. Acto seguido se sentó a mi lado y se dispuso a esperar conmigo. En su compañía, entre juegos, cuentos y ocasionales caricias, debió transcurrir otra media hora sin que mi madre llegara aún. En casa nadie contestó al teléfono. Decidió entonces mi maestra, sabiendo que la suya no distaba mucho de la nuestra, dejarle el recado a mi madre de que me llevaría con ella para que me recogiera a penas pudiera hacerlo.
A partir de este momento el nivel de detalle que guardo de aquella tarde es sorprendente. Puedo, si quiero, volver a tener seis años y vivir de nuevo aquel día. Cuando pienso en ello, no puedo evitar preguntarme, qué misterio hace en la vida uno olvide algunos hechos y otros no. Qué ocurrió en mi memoria para que el pequeño descubrimiento de aquel día haya dejado en mí una impresión tan o más viva que el dolor.
Es que, a pesar de la distancia en el tiempo sé que su nitidez se debe a la alegría de estar en la casa de mi maestra que tanto quería y al descubrimiento feliz que hasta hoy ha determinado quién soy: la maravilla de hacer música. Porque, a pesar del miedo o de dolor que con certeza debí sentir con la noticia, y a la ira profunda que nació en mi desde aquel día hacia mi padre, esa tarde fue una de las más felices de mi infancia. De no ser así, no podría recordar como si fuera ayer el salón de la casa, el color amarillo de las paredes, la textura de los sillones, y sobretodo el piano en el rincón de la ventana. Qué atracción tan poderosa ejerció sobre mi aquel piano silencioso. Desde que lo vi no pude quitarle los ojos de encima. Mi maestra al notarlo, me invitó a sentarme en la baqueta junto a ella y lo abrió. Luego, tomó una de mis manos, la colocó sobre el piano y dirigiendo mis pequeños dedos los deslizó sobre el teclado blanco y negro haciendo que de ellos naciera por primera vez una escala: do, re, mi, fa, sol, la, si do, si, la, sol, fa, mi, re, do, entonándola al unísono. Junto con la música, el sol de la tarde a mi izquierda entró a raudales por la ventana, y yo quedé deslumbrada. El aire se sentía cálido, la música perfumada. Era un olor que al mismo tiempo parecía igual y distinto a como olía mi madre.

Debían ser más de las seis pues era ya de noche, cuando por fin timbraron a la puerta; yo salí corriendo a abrirla pero a cambio de mi madre a quien vi de pie fue a mi padre, parecía tan pálido como los fantasmas dibujados en mis cuentos, y él al verme, se puso a llorar como si fuera un niño de mi escuela. Indagué con los ojos a mi profesora buscando respuestas, pero ella observaba a mi padre tan sorprendida como yo, y lo invitaba a entrar ofreciéndole apurada dónde sentarse y agua para beber.
Al entrar, inmóvil sobre la silla, mi padre ocultó el rostro entre sus manos. Por alguna razón que en ese momento no logré comprender, supe que era a mi a quien evitaba. Quise decirle que no sintiera pena de hacerlo, que yo también lloraba, pero no supe cómo decirle eso. A cambio, le busqué los ojos, con fuerza abrí sus manos y dejé al descubierto su rostro. Fue entonces cuando lo escuché decir “se ha ido, se ha ido”. No entendí a quién se refería ¿Quién papi? ¿Quién se fue? le interrogué.
Mi maestra se detuvo al vernos sosteniendo el vaso de agua entre las manos. ¿Quién se fue? volví a preguntarle al ver que no dejaba de llorar. “Tu madre. Tu madre” “ Una mujer muy mala la ha matado, y yo soy el culpable”.

A partir de este momento, mi memoria se oscurece. No recuerdo qué mas pasó aquel día, cómo terminó la noche, ni los días que siguieron al escándalo después de publicados los detalles de la muerte de mi madre y la sevicia con que la amante de mi padre la mató.
Son días, meses, que por más que me esfuerzo en recordar han desaparecido de mi vida; cuando intento recordarlos lo único que trae mi memoria, como si en ese punto mi vida hubiera quedado suspendida, es el sonido repetitivo del piano, su do re mi fa sol, y el perfume de mi maestra con el de mi madre entrelazado.


“ María Tabares”

jueves, febrero 23, 2006

ESPÍRITU DE NAVIDAD


Mientras caminaba vio las sombras de los árboles chorreando goterones de luz en forma de campanas navideñas. A las dos de la mañana, esa hora era, las luces titilaban veloces y él no lograba distinguir si eran intermitentes o si, era él quien parpadeaba a gran velocidad. Y fue el pensar en cómo parpadeaba, que su mente difusa por el alcohol recordó de manera imprevista la última vez que vio a María en México, en ese país que no le gustaba recordar. La vio de nuevo con ese aire sutil de ausencia que siempre traía consigo y sus ojos verde pasto que encantadores, encendía y apagaba como las luces que veía ahora, por un tic que la obligaba a parpadear más que los demás.

Eran más de las 11 cuando los rayos del sol lo despertaron. Un hormigueo le recorría el cuerpo como una forma de efervescencia que le circulaba por las venas hasta llegarle a la cabeza. Lo que dirían algunos, una resaca atroz. No abrió los ojos. A cambio, sin moverse hizo memoria de la noche anterior y recordó haber estado en el Goce Pagano con su amigo Gustavo hablando de política, teniendo como fondo esas viejas canciones de salsa, cuánto tiempo haría que su amigo no compraba un nuevo disco, y esta vez, por todo personal adicional a tres muchachas que lo único que pidieron fue tres cervezas, y eso que de una en una. Tres mujeres que nunca los miraron y se bastaron a sí mismas encantadas, toda la noche.
Todavía sin abrir los ojos recordó estar caminando de regreso por la carrera séptima, cruzar frente al parque nacional y observar el alumbrado con las luces centellantes. Entonces, recordó de nuevo a María sólo que esta vez también, a Veracruz, la carretera desde el pueblo hasta la finca, la mesa adornada de navidad y a ella caminando de la cocina al comedor y viceversa, llevando y trayendo platos, cubiertos, servilletas y otras cosas mas.

Abrió lo ojos. La sed era insoportable y le había frenado los recuerdos. Se levantó y mientras fue hacia la cocina escuchó villancicos en la calle. Tomó de la nevera la jarra de agua y con ella en la mano fue hasta la ventana para ver qué sucedía. Se le había olvidado, era 24 de Diciembre; había en el parque, carpas, sillas, mesas y familias alegres haciendo las últimas compras de navidad. Sin quitar la vista de la ventana, de repente su mirada se volvió transparente y dejó de ver a las personas y a los puestos de comida. A cambio frente a sus ojos, vio tal cual diez años atrás el bocho anaranjado, su carro en México parqueado frente a la finca, y escuchó de nuevo la voz de María: ¿Amor? ¿sabes que no tenemos para la fiesta? Refrescos. También se vio a sí mismo terminándose un tequila y contestándole: son las nueve, si hasta las diez no llegan los invitados, tengo tiempo para ir al pueblo y volver. Entonces vio a Santiago el hijo de María, venir corriendo hacia él. Yo te acompaño gritó. No, no. Tú no sales hasta que no arregles tu cuarto, escuchó que María le decía. Si el niño Dios ve tu cuarto en ese desorden, no va a dejarte ningún regalo.

Abruptamente, de nuevo el parque ocupó su mirada y oyó al tiempo que un voceador promovía la venta de empanadas, lechona, postre de natas y arroz con leche. Miró el reloj y decidió no bajar. Prefirió tomarse un café con unas galletas, y así hacer hambre hasta la cena.
De pie frente al closet descubrió en la parte más alta y debajo de los suéteres, la caja. Las luces de la noche anterior y la resaca le habían despertado sentimientos que esta vez no quería mantener a raya. La destapó y debajo de unos papeles, reconoció el sobre donde estaba anotado el teléfono. Lo abrió. De nuevo frente a él estaban María y Santiago y ambos sonreían. Volteó la foto y en la parte de atrás vio el teléfono anotado.

Quiso hacer el intento de definir cómo se sentía.. El cielo de Bogotá estaba cubierto por una enorme nube negra y él, en ese avión, era sólo una piltrafa humana. Un cuerpo hecho trizas, reconstruido, pero con el alma extinta como si, toda la anestesia que su cuerpo había recibido en la cirugía le hubiera matado los sentimientos. Todos suponían debía sentirse agradecido, el muerto no había sido él y por recomendación del abogado, había logrado salir de México. Pero no podía. Los últimos días habían sido un infierno y acababa de dejar su vida para siempre.. De no haber salido de México, habría tenido que quedarse, sin posibilidad de regresar a Colombia durante los años que duraría el proceso el cual, con certeza, dijo el abogado, seria muy largo. Ahora, nunca podría regresar.

Ver la foto, a ella abrazada al niño y sonriendo, le nublaron los ojos. La puerta naranja del baúl del bocho bajó de nuevo veloz frente a sus ojos y advirtió con toda nitidez que adentro había quedado el regalo, el disfraz de buzo que Santiago había pedido y que con María habían decido dejar dentro del auto para evitar cualquier riesgo de que lo descubriera.

¿Cómo es que nunca antes me había acordado del regalo? Era el regalo del Niño Dios y se había quedado en el carro, iba en el carro.

Dio estárter al auto y arrancó. Bajó la ventanilla para sentir mejor la noche, sacó un casete de la guantera y lo colocó a todo volumen. La Pasión según San Mateo de Bach inundó el espacio y el viento de la noche comenzó a cruzarlo veloz acariciándole su brazo.

Lo más probable, se dijo, es que Santiago haya tenido que saber ese año que el Niño Dios no existía por el accidente. Esa noche no había regresado. De no haber sido así, ¿cómo hizo María? Lo había encontrado tres días después en un hospital de la ciudad México.
No quiso, no quería, pero no pudo con la carta en la mano evitarlo y comenzó a llorar. Sí, además de todo, el regalo de Santi se había quedado en el carro.

De repente de la curva salieron las luces, plenas, enceguecedoras. Veloz la mano hundió el claxon, el pie pisó a fondo el freno y ya no tuvo más que hacer si no esperar…, esperar. Y entonces oyó el gran estruendo. La pasión San Mateo inmutable. Luego, el silencio. Sólo el silencio.

Ya lo había hecho, había marcado. ¿Le reconocería la voz?. ¿Bueno?, escuchó que una mujer decía al otro lado de la línea. ¿María? Sí, ¿Quién habla? Soy yo, Fernando.
Y lo había sabido de su propia voz: había sido muy duro reconstruir la vida sin él, pero lo había logrado, juntos con Santi, lo habían logrado. ¿Esa navidad? No, esa navidad el niño al fin no lo había sabido. Ella, sin saber cómo, a pesar de la angustia después de esperarlo durante toda la noche y de que no regresara, le había dicho que el niño Dios ese año estaba un poco retrasado, ese año habían nacido muchos niños, pero, seguro, no tardaría en llegar. Recordó que habían sido días muy difíciles buscándolo enloquecida por pueblos y ciudades, pero ya no recordaba si le había comprado otro disfraz de buzo o qué le había comprado a cambio.

Tenía reconstruido parte del rostro. No podía hablar, voltear la cara o hacer algún gesto. Sólo mirar el techo o no hacerlo y cerrar lo ojos. Pero, abiertos o cerrados no podía dejar de verla a ella con sus ojos verde pasto, amorosos, abriéndose y cerrándose al mirarlo. ¿Se iría?¿No?

Una azafata arrastraba la silla de ruedas en la que llegó. Al fondo de migración vio que Gustavo lo estaba esperando. ¿El día? 27 de Enero de 1986.

viernes, diciembre 09, 2005

CUENTO


EL SINDROME DEL BARTLEBY
Quienes ven la literatura no como un asunto de abundancia,
sino de rigurosa escasez.



El escribano de Mateo abre la puerta del balcón y percibe como el viento le golpea el cuerpo con violencia. No se asusta. Anticipa el vuelo y siente propia una libertad que le es ajena. Luego, de pie sobre la butaca observa el filo de la baranda no como siempre, a la altura de la cintura, sino a la altura de sus pies. Deja que varias bocanadas de oxigeno, polución, entren en su cuerpo y casi lo ahoguen anticipándole la muerte. Con dificultad logra mantener el equilibrio. El aire, el vértigo, quieren hacerlo caer. Pero él, dueño absoluto de sus actos necesita primero vencer la zozobra, concentrarse y lograr, por fin, escribir en su mente esa, la primera frase, la perfecta, que ya intuye.

Cierra los ojos.



El vacío lo envuelve. Lucha a muerte con su mente. No quiere dejarse tentar por el recuerdo de quienes a pesar suyo, ve como si lo observaran y tapándose la boca estuvieran ahogando un grito anticipado de terror. Evoca una a una las palabras que ya sabe, las ordena dándoles sentido y diciéndolas despacio para sí:



“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo.”



¡Por fin lo ha logrado! Ha escrito en su mente la frase perfecta, la que lo abarca todo, el principio y el final. Vuelve y nombra las palabras ordenadas, la frase, una y otra vez,
“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo.”
“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo.”
“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo…”

Así, con su letanía logra vencer la maldita tentación de sentir nostalgia, amor, arrepentimiento. Extiende
los
brazos en cruz. Levanta
los
talones,
dobla
apenas
las
rodillas



y da el pequeño salto tantas veces imaginado.


Vuela sobre el vacío.




Todavía pequeñas astillas de tiempo lo separan del suelo.
No le importa. Como el libro que ya es, sabe que está a punto de tocar


La eternidad.
LA TORTUGA FELIZ.


Iba una tortuga mirando el suelo, asegurándose de no pisar en falso. Como llevaba su casa encima, sentía, además, que nada había olvidado. De repente, los dedos de un hombre la levantaron del suelo y dos ojos redondos como platos se quedaron mirándola. Asustada, se metió en su casa y cerró los ojos. Durante mucho rato, sintió que todo se movía dentro de ella como en una montaña rusa.
Cuando, por fin, creyó que de nuevo había vuelto la calma (aunque seguía sintiéndose algo mareada) abrió los ojos y salió a averiguar qué había pasado. Asomó lentamente la cabeza y cuál sería su sorpresa cuando vio que el mundo había dejado de ser de un verde firme, para ser de un azul ligero como el viento. Movía sus manos, sus pies, y a cada paso que hacía volaba.
La tortuga de esta historia, no supo que estaba patas arriba. Pero eso no importa, murió feliz creyéndose pájaro.



“ María Tabares ”