domingo, mayo 07, 2006

OTRA PRIMAVERA

Pinceladas moradas sobre un gris.
Campanas vegetales sin freno
que vuelan al vaivén de l viento.
Explosión de pistilos
y de estambres esperando
diluirse en sexo,
y yo, escribiendo.
LA ESPERA


Era un 23 de Enero. Yo tenía seis años, hacía mi primer año y mi madre tal como todos los días me llevó a la escuela. Recuerdo, al llegar la campana había sonado, la puerta estaba cerrada y la normas que en la escuela eran muy estrictas estipulaban que una vez cerrada la puerta no había manera de ingresar. Aún así mi madre timbró y rogó que me dejaran entrar pidiendo disculpas por la tardanza. Antes de despedirse, me dio un abrazó fuerte, acomodó mejor una hebilla qué había colocado en mi cabello, me dio un beso y se fue.

Yo, era un niña tranquila, obediente, fácil en el trato aunque algo reservada. Mis compañeritos del salón me apodaban “ Cami” a secas, y tenía una mejor amiga, Laura, que como casi todo lo que quise en mi infancia, nunca más volví a ver.
Extrañamente por lo coincidente, ese día en clase nos enseñaron la construcción escrita de la palabra mamá. Aún me veo sobre el papel del cuaderno tratando, con gran esfuerzo, de domar un lápiz para escribir su nombre. Sí, mamá, el único nombre que en aquella época conocía de mi madre. De Maribel Monroy Flores.
A eso de las dos de la tarde, hora en que regularmente terminaba la escuela sonó el timbre anunciando la salida y un tropel de niños, entre ellos yo, bulliciosos y desordenados invadimos el patio de recreo a esperar que llegaran nuestros padres por nosotros; poco a poco fueron saliendo muchos y fuimos quedando los menos. Una hora más tarde ya todos se habían ido y yo, solitaria lloraba en una esquina. Entonces fue cuando mi maestra de aquel año, salió al patio y me vio todavía esperando: “Seguro tu madre no ha de tardar” me dijo, “siempre llega por ti a tiempo”. Acto seguido se sentó a mi lado y se dispuso a esperar conmigo. En su compañía, entre juegos, cuentos y ocasionales caricias, debió transcurrir otra media hora sin que mi madre llegara aún. En casa nadie contestó al teléfono. Decidió entonces mi maestra, sabiendo que la suya no distaba mucho de la nuestra, dejarle el recado a mi madre de que me llevaría con ella para que me recogiera a penas pudiera hacerlo.
A partir de este momento el nivel de detalle que guardo de aquella tarde es sorprendente. Puedo, si quiero, volver a tener seis años y vivir de nuevo aquel día. Cuando pienso en ello, no puedo evitar preguntarme, qué misterio hace en la vida uno olvide algunos hechos y otros no. Qué ocurrió en mi memoria para que el pequeño descubrimiento de aquel día haya dejado en mí una impresión tan o más viva que el dolor.
Es que, a pesar de la distancia en el tiempo sé que su nitidez se debe a la alegría de estar en la casa de mi maestra que tanto quería y al descubrimiento feliz que hasta hoy ha determinado quién soy: la maravilla de hacer música. Porque, a pesar del miedo o de dolor que con certeza debí sentir con la noticia, y a la ira profunda que nació en mi desde aquel día hacia mi padre, esa tarde fue una de las más felices de mi infancia. De no ser así, no podría recordar como si fuera ayer el salón de la casa, el color amarillo de las paredes, la textura de los sillones, y sobretodo el piano en el rincón de la ventana. Qué atracción tan poderosa ejerció sobre mi aquel piano silencioso. Desde que lo vi no pude quitarle los ojos de encima. Mi maestra al notarlo, me invitó a sentarme en la baqueta junto a ella y lo abrió. Luego, tomó una de mis manos, la colocó sobre el piano y dirigiendo mis pequeños dedos los deslizó sobre el teclado blanco y negro haciendo que de ellos naciera por primera vez una escala: do, re, mi, fa, sol, la, si do, si, la, sol, fa, mi, re, do, entonándola al unísono. Junto con la música, el sol de la tarde a mi izquierda entró a raudales por la ventana, y yo quedé deslumbrada. El aire se sentía cálido, la música perfumada. Era un olor que al mismo tiempo parecía igual y distinto a como olía mi madre.

Debían ser más de las seis pues era ya de noche, cuando por fin timbraron a la puerta; yo salí corriendo a abrirla pero a cambio de mi madre a quien vi de pie fue a mi padre, parecía tan pálido como los fantasmas dibujados en mis cuentos, y él al verme, se puso a llorar como si fuera un niño de mi escuela. Indagué con los ojos a mi profesora buscando respuestas, pero ella observaba a mi padre tan sorprendida como yo, y lo invitaba a entrar ofreciéndole apurada dónde sentarse y agua para beber.
Al entrar, inmóvil sobre la silla, mi padre ocultó el rostro entre sus manos. Por alguna razón que en ese momento no logré comprender, supe que era a mi a quien evitaba. Quise decirle que no sintiera pena de hacerlo, que yo también lloraba, pero no supe cómo decirle eso. A cambio, le busqué los ojos, con fuerza abrí sus manos y dejé al descubierto su rostro. Fue entonces cuando lo escuché decir “se ha ido, se ha ido”. No entendí a quién se refería ¿Quién papi? ¿Quién se fue? le interrogué.
Mi maestra se detuvo al vernos sosteniendo el vaso de agua entre las manos. ¿Quién se fue? volví a preguntarle al ver que no dejaba de llorar. “Tu madre. Tu madre” “ Una mujer muy mala la ha matado, y yo soy el culpable”.

A partir de este momento, mi memoria se oscurece. No recuerdo qué mas pasó aquel día, cómo terminó la noche, ni los días que siguieron al escándalo después de publicados los detalles de la muerte de mi madre y la sevicia con que la amante de mi padre la mató.
Son días, meses, que por más que me esfuerzo en recordar han desaparecido de mi vida; cuando intento recordarlos lo único que trae mi memoria, como si en ese punto mi vida hubiera quedado suspendida, es el sonido repetitivo del piano, su do re mi fa sol, y el perfume de mi maestra con el de mi madre entrelazado.


“ María Tabares”

jueves, febrero 23, 2006

ESPÍRITU DE NAVIDAD


Mientras caminaba vio las sombras de los árboles chorreando goterones de luz en forma de campanas navideñas. A las dos de la mañana, esa hora era, las luces titilaban veloces y él no lograba distinguir si eran intermitentes o si, era él quien parpadeaba a gran velocidad. Y fue el pensar en cómo parpadeaba, que su mente difusa por el alcohol recordó de manera imprevista la última vez que vio a María en México, en ese país que no le gustaba recordar. La vio de nuevo con ese aire sutil de ausencia que siempre traía consigo y sus ojos verde pasto que encantadores, encendía y apagaba como las luces que veía ahora, por un tic que la obligaba a parpadear más que los demás.

Eran más de las 11 cuando los rayos del sol lo despertaron. Un hormigueo le recorría el cuerpo como una forma de efervescencia que le circulaba por las venas hasta llegarle a la cabeza. Lo que dirían algunos, una resaca atroz. No abrió los ojos. A cambio, sin moverse hizo memoria de la noche anterior y recordó haber estado en el Goce Pagano con su amigo Gustavo hablando de política, teniendo como fondo esas viejas canciones de salsa, cuánto tiempo haría que su amigo no compraba un nuevo disco, y esta vez, por todo personal adicional a tres muchachas que lo único que pidieron fue tres cervezas, y eso que de una en una. Tres mujeres que nunca los miraron y se bastaron a sí mismas encantadas, toda la noche.
Todavía sin abrir los ojos recordó estar caminando de regreso por la carrera séptima, cruzar frente al parque nacional y observar el alumbrado con las luces centellantes. Entonces, recordó de nuevo a María sólo que esta vez también, a Veracruz, la carretera desde el pueblo hasta la finca, la mesa adornada de navidad y a ella caminando de la cocina al comedor y viceversa, llevando y trayendo platos, cubiertos, servilletas y otras cosas mas.

Abrió lo ojos. La sed era insoportable y le había frenado los recuerdos. Se levantó y mientras fue hacia la cocina escuchó villancicos en la calle. Tomó de la nevera la jarra de agua y con ella en la mano fue hasta la ventana para ver qué sucedía. Se le había olvidado, era 24 de Diciembre; había en el parque, carpas, sillas, mesas y familias alegres haciendo las últimas compras de navidad. Sin quitar la vista de la ventana, de repente su mirada se volvió transparente y dejó de ver a las personas y a los puestos de comida. A cambio frente a sus ojos, vio tal cual diez años atrás el bocho anaranjado, su carro en México parqueado frente a la finca, y escuchó de nuevo la voz de María: ¿Amor? ¿sabes que no tenemos para la fiesta? Refrescos. También se vio a sí mismo terminándose un tequila y contestándole: son las nueve, si hasta las diez no llegan los invitados, tengo tiempo para ir al pueblo y volver. Entonces vio a Santiago el hijo de María, venir corriendo hacia él. Yo te acompaño gritó. No, no. Tú no sales hasta que no arregles tu cuarto, escuchó que María le decía. Si el niño Dios ve tu cuarto en ese desorden, no va a dejarte ningún regalo.

Abruptamente, de nuevo el parque ocupó su mirada y oyó al tiempo que un voceador promovía la venta de empanadas, lechona, postre de natas y arroz con leche. Miró el reloj y decidió no bajar. Prefirió tomarse un café con unas galletas, y así hacer hambre hasta la cena.
De pie frente al closet descubrió en la parte más alta y debajo de los suéteres, la caja. Las luces de la noche anterior y la resaca le habían despertado sentimientos que esta vez no quería mantener a raya. La destapó y debajo de unos papeles, reconoció el sobre donde estaba anotado el teléfono. Lo abrió. De nuevo frente a él estaban María y Santiago y ambos sonreían. Volteó la foto y en la parte de atrás vio el teléfono anotado.

Quiso hacer el intento de definir cómo se sentía.. El cielo de Bogotá estaba cubierto por una enorme nube negra y él, en ese avión, era sólo una piltrafa humana. Un cuerpo hecho trizas, reconstruido, pero con el alma extinta como si, toda la anestesia que su cuerpo había recibido en la cirugía le hubiera matado los sentimientos. Todos suponían debía sentirse agradecido, el muerto no había sido él y por recomendación del abogado, había logrado salir de México. Pero no podía. Los últimos días habían sido un infierno y acababa de dejar su vida para siempre.. De no haber salido de México, habría tenido que quedarse, sin posibilidad de regresar a Colombia durante los años que duraría el proceso el cual, con certeza, dijo el abogado, seria muy largo. Ahora, nunca podría regresar.

Ver la foto, a ella abrazada al niño y sonriendo, le nublaron los ojos. La puerta naranja del baúl del bocho bajó de nuevo veloz frente a sus ojos y advirtió con toda nitidez que adentro había quedado el regalo, el disfraz de buzo que Santiago había pedido y que con María habían decido dejar dentro del auto para evitar cualquier riesgo de que lo descubriera.

¿Cómo es que nunca antes me había acordado del regalo? Era el regalo del Niño Dios y se había quedado en el carro, iba en el carro.

Dio estárter al auto y arrancó. Bajó la ventanilla para sentir mejor la noche, sacó un casete de la guantera y lo colocó a todo volumen. La Pasión según San Mateo de Bach inundó el espacio y el viento de la noche comenzó a cruzarlo veloz acariciándole su brazo.

Lo más probable, se dijo, es que Santiago haya tenido que saber ese año que el Niño Dios no existía por el accidente. Esa noche no había regresado. De no haber sido así, ¿cómo hizo María? Lo había encontrado tres días después en un hospital de la ciudad México.
No quiso, no quería, pero no pudo con la carta en la mano evitarlo y comenzó a llorar. Sí, además de todo, el regalo de Santi se había quedado en el carro.

De repente de la curva salieron las luces, plenas, enceguecedoras. Veloz la mano hundió el claxon, el pie pisó a fondo el freno y ya no tuvo más que hacer si no esperar…, esperar. Y entonces oyó el gran estruendo. La pasión San Mateo inmutable. Luego, el silencio. Sólo el silencio.

Ya lo había hecho, había marcado. ¿Le reconocería la voz?. ¿Bueno?, escuchó que una mujer decía al otro lado de la línea. ¿María? Sí, ¿Quién habla? Soy yo, Fernando.
Y lo había sabido de su propia voz: había sido muy duro reconstruir la vida sin él, pero lo había logrado, juntos con Santi, lo habían logrado. ¿Esa navidad? No, esa navidad el niño al fin no lo había sabido. Ella, sin saber cómo, a pesar de la angustia después de esperarlo durante toda la noche y de que no regresara, le había dicho que el niño Dios ese año estaba un poco retrasado, ese año habían nacido muchos niños, pero, seguro, no tardaría en llegar. Recordó que habían sido días muy difíciles buscándolo enloquecida por pueblos y ciudades, pero ya no recordaba si le había comprado otro disfraz de buzo o qué le había comprado a cambio.

Tenía reconstruido parte del rostro. No podía hablar, voltear la cara o hacer algún gesto. Sólo mirar el techo o no hacerlo y cerrar lo ojos. Pero, abiertos o cerrados no podía dejar de verla a ella con sus ojos verde pasto, amorosos, abriéndose y cerrándose al mirarlo. ¿Se iría?¿No?

Una azafata arrastraba la silla de ruedas en la que llegó. Al fondo de migración vio que Gustavo lo estaba esperando. ¿El día? 27 de Enero de 1986.

viernes, diciembre 09, 2005

CUENTO


EL SINDROME DEL BARTLEBY
Quienes ven la literatura no como un asunto de abundancia,
sino de rigurosa escasez.



El escribano de Mateo abre la puerta del balcón y percibe como el viento le golpea el cuerpo con violencia. No se asusta. Anticipa el vuelo y siente propia una libertad que le es ajena. Luego, de pie sobre la butaca observa el filo de la baranda no como siempre, a la altura de la cintura, sino a la altura de sus pies. Deja que varias bocanadas de oxigeno, polución, entren en su cuerpo y casi lo ahoguen anticipándole la muerte. Con dificultad logra mantener el equilibrio. El aire, el vértigo, quieren hacerlo caer. Pero él, dueño absoluto de sus actos necesita primero vencer la zozobra, concentrarse y lograr, por fin, escribir en su mente esa, la primera frase, la perfecta, que ya intuye.

Cierra los ojos.



El vacío lo envuelve. Lucha a muerte con su mente. No quiere dejarse tentar por el recuerdo de quienes a pesar suyo, ve como si lo observaran y tapándose la boca estuvieran ahogando un grito anticipado de terror. Evoca una a una las palabras que ya sabe, las ordena dándoles sentido y diciéndolas despacio para sí:



“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo.”



¡Por fin lo ha logrado! Ha escrito en su mente la frase perfecta, la que lo abarca todo, el principio y el final. Vuelve y nombra las palabras ordenadas, la frase, una y otra vez,
“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo.”
“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo.”
“Un hombre escribe que Un hombre escribe un cuento sobre un hombre que va recordando su vida a lo largo de su vida, y lo escribe así porque no es capaz de escribirlo…”

Así, con su letanía logra vencer la maldita tentación de sentir nostalgia, amor, arrepentimiento. Extiende
los
brazos en cruz. Levanta
los
talones,
dobla
apenas
las
rodillas



y da el pequeño salto tantas veces imaginado.


Vuela sobre el vacío.




Todavía pequeñas astillas de tiempo lo separan del suelo.
No le importa. Como el libro que ya es, sabe que está a punto de tocar


La eternidad.
LA TORTUGA FELIZ.


Iba una tortuga mirando el suelo, asegurándose de no pisar en falso. Como llevaba su casa encima, sentía, además, que nada había olvidado. De repente, los dedos de un hombre la levantaron del suelo y dos ojos redondos como platos se quedaron mirándola. Asustada, se metió en su casa y cerró los ojos. Durante mucho rato, sintió que todo se movía dentro de ella como en una montaña rusa.
Cuando, por fin, creyó que de nuevo había vuelto la calma (aunque seguía sintiéndose algo mareada) abrió los ojos y salió a averiguar qué había pasado. Asomó lentamente la cabeza y cuál sería su sorpresa cuando vio que el mundo había dejado de ser de un verde firme, para ser de un azul ligero como el viento. Movía sus manos, sus pies, y a cada paso que hacía volaba.
La tortuga de esta historia, no supo que estaba patas arriba. Pero eso no importa, murió feliz creyéndose pájaro.



“ María Tabares ”
CUENTO INFANTIL


LA TV DE EMILIANA

Emilia detesta la hora de dormir.
No le gusta quedarse sola
ni que le apaguen la luz.
Ve que del armario salen personas
siente que alguien se esconde bajo su cama
y que los zancudos van a hacer de ella un festín.

Un día, la madre se sentó junto a su cama y le dijo en voz baja:
- ¿Quieres que te enseñe un secreto? La niña, obviamente, le dijo que sí.
Entonces cierra los ojos y dime ¿qué ves?
La niña los cerró obediente y luego le contestó:
- Te veo a ti dentro de ellos
- Eso está muy bien. Ahora, quiero que veas a tu padre, ¿ lo ves?
Emilia, con los ojos cerrados vio que estaba en pijama sentado en la silla leyendo.
- ¡Sí, sí, gritó la niña abriendo los ojos. ¡Está con Pepa, la gata, recostada sobre él!
- Bueno, has descubierto el secreto, le dijo la madre. Cuando cerramos los ojos, se enciende nuestra propia TV. En ella puedes ver todo lo que a ti te guste; y lo que no te guste, con sólo cambiar el canal, no lo ves. Ahora que lo sabes puedes hacerlo para dormir y no tendrás más miedo.
Emilia cerró feliz de nuevo los ojos y, en su recién descubierta TV, cambió todos los canales que antes había visto, con los ojos cerrados y desde su cama, encendió la luz de su cuarto, le dio otro abrazo a su padre, se trajo consigo a la gata y la metió en la cama.
Para terminar, acostó en fila a todos los zancudos junto a la ventana, los arropó y, tal como a ella los puso a dormir.


“ María Tabares ”

sábado, agosto 20, 2005

Por fin llegué. ¿Cuántas veces me he tardado en llegar a cuántas cosas?
A esto de escribir... a esto de mostrar...
Y a cuántas cosas no habré llegado, ni he de llegar nunca
Comienzo desnuda. Siento frió.