¿Crees que soy buena en lo que hago?
me pregunta, cintilante, con la mirada puesta
en algún punto impreciso.
Cómo decirle que su tejido me viste
como una iridiscencia;
que su vaivén aligera mi odio; que he visitado,
en sus vasijas de barro negro,
reflejos de mi cara que nadie
–ni yo mismo– ha sabido ver.
Hay algo en su acústica y su tacto; hay fragmentos
de impalpable levedad que evaporan mis entrañas.
Mi memoria está plagada de su viento.
Cómo decirle que mi fe
proviene de su pulso sobre lo sonoro.
No es que crea que sea buena (a quién le importa eso)
es sólo que en mis ojos su labor se ha vuelto
un letrero de luz ardiente
que dice algo inefable y necesario
y no se apaga nunca.
Cómo decirle algo de todo esto
sin que me mire en silencio y sin creerme.
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