Llegó a un punto donde no pudo detener, ni negar por más tiempo el desvanecimiento que sentía. Frente a ese hombre su cuerpo perdía todo peso, se sentía ligera, casi al borde de caer y esa sensación de perder la forma y de derretimiento, desplazaba la seguridad y el control de sus emociones y sus actos. En otros tiempos, sin la menor duda habría creído haber encontrado el amor. Hoy ya no creía en ello. Luego de haber sido amante del amor tantas veces, de haberlo desnudado, reconocía su naturaleza de ropaje: el amor era sólo un vestido transparente que mal lograba esconder, el imperioso deseo por el cuerpo del otro para poder sentir el propio cuerpo. Ser uno, siendo dos en un instante. El deseo era la verdadera fuerza que invadía todo rompiendo diques y fronteras, haciendo de dos seres una pareja, aunque feliz, ansiosa presa.
Porque la muerte, no lo podía olvidar, siempre estaba un paso atrás. Por eso el miedo. El deseo ahora nada mantendría inmóvil, todo correría vertiginoso
No existía manera de escapársele al destino: deseaba a ese hombre y desearlo, era lo mismo que perderlo. Vivirlo, llamar a la muerte. Era, como tantas otras veces, lo mismo que clavarse y clavarle el puñal y al hacerlo, ser testigo de su muerte y de la suya propia. Poco importaba que esta vez sí pareciera ser el amor, el único, el verdadero. El destino correría indiferente: un beso y la puerta se abriría. Pero más pronto que tarde de nuevo quedaría sólo el muro, la distancia, el recuerdo y finalmente la nada; o a lo mucho, algún reflejo de un viejo dolor.



