
TRAS DE LA CASA
¿Por qué llegar y sentir esa casa como propia,
como la conocida, cuando nunca se había visto?
¿De qué está hecha? ¿Cuál es su materia?
Ninguno de los muebles ha sido mío aunque quisiera
ninguna de sus telas, sus tapetes, sus cobijas
he palpado, ni me he abrigado en ellas.
Aquella casa vista ensueños es mi casa, lo sé,
aunque esté tan lejos,
tan después del río amarillo, denso y peligroso
tan después del lagarto enorme
fiero hambriento.
Aunque para llegar a ella,
para poder entrar de nuevo,
haya tenido que hacer, rito primario, un sacrificio y
dar una vida, la de un cachorro para hacerlo.
Recorrí sus estancias de penumbra y polvo,
observé a través de la ventana
su hermoso jardín desecho,
vi la limpieza suspendida de la cocina vieja
y arriba, a unos pocos escalones sollozantes,
la habitación de la danza, del juego, de la alegría.
Más allá encontré la del reposo, dulces sueños,
y más arriba, aquella a la que tuve que ingresar
arrastrando el cuerpo por el suelo,
ínfima buhardilla, desde cuya ventana pude atisbarme a lo lejos.
Viéndome escindida, tan cerca y tan lejos de mi,
Quise preguntarle ¿Quién era yo? al viento.
Él con certeza lo sabría pues era el único
que recorría, con sus pasos los caminos
y un sólo “Tú”, fue lo que obtuve por respuesta,
tan simple y tan complejo como eso.
Entonces pude deshacer mis pasos:
regresar al fogón, encender el leño y hacer fuego.
Prometerle a las rosas asfixiadas, a la huerta,
volver a acicalarlos y por ahora, hacer
de su vida en desenfreno un florero.
Salir de nuevo,
dudosa de si cerrar o no la puerta.
Caminar liviana y en sosiego, cruzar
el río por un lugar no antes descubierto,
atravesar las aguas sobre un tronco
que me esperaba cual camino,
continuar en dirección a la tumba
en la cual descubro, he estado sentada
sin saber desde el principio,
tumba antigua, simple piedra oscura y carcomida
hermosa, sin adornos
posible habitación eterna de Marguerite Duras,
o mía propia,
cuando sea la hora
de no mirar más la casa,
de no volver a ella,
de nunca regresar.