martes, octubre 31, 2006
miércoles, octubre 18, 2006

A PROPÓSITO DE WALT WHITMAN
¿Por qué será que ahora le hablo también a las plantas, y ellas me hablan?
Reconozco en Whitman una mirada, una forma del ver el mundo, total e integradora, donde el ser humano no es el jefe del universo, ni un ser aparte de las plantas, de los animales o los minerales; tampoco un ser superior. En su mirada, el hombre y la naturaleza son una sola. Realmente una unidad; y no desde el discurso, cualquiera puede afirmar que lo somos y todos lo hacen. Son una unidad, por que los ve desde una mirada sensible y profundamente humilde.
No es más una brizna de hierba que una estrella. No es más una hormiga que un grano de arena. Ante, desde y dentro del universo, todos somos iguales. También el hombre y la mujer. Y esa unidad es quien merece el canto.
Whitman rompe con todas las jerarquías y derrumba los poderes que siempre se sustentan en categorías de valor, de cantidad y nos revela el mundo en su esencia profundamente religiosa: todo es comunión.
Con él, la voz poética logra colocarse y dejarnos ver el mundo desde el lugar de Dios, mirada macro y cenital que parte de la inmensidad del espacio hacia la tierra, y al mismo tiempo, desde su opuesto, la mirada más terrena, la más ínfima: aquella que nace desde un simple y negro terrón de tierra, desde una brizna de hierba, hacia la luz del sol y la eternidad.
miércoles, octubre 04, 2006
CANTO A MI ULTIMA ALASKA (*)
"Porque las obras maestras no nacen aisladas y solitarias,
son el producto de muchos años de pensar en común,
de pensar en montón,
detrás de la voz única,
de modo que ésta es la experiencia de la masa."
Virginia Woolf
A veces hay qué decir sobre un texto. Otras veces las palabras, indómitas, se resisten a hacerlo. Vuelan libres y ajenas a toda voluntad hacia el mundo insondable del lector, despertando en él todos sus pájaros, destapando una a una las jaulas, y haciendo que les de la luz del sol. Es cuando las palabras sin importar que tan hermosas sean, no dicen sino cantan.
Alaska, niña tonta ¿por qué te has ido?
¿Y tú sobrino de Hugo?¿Y tu Nora? ¿Y tú, mi primer enamorado? ¿Por qué tantos, tan jóvenes y a destiempo?
Como Gordo tuve que quedarme en este mundo, sin entender la muerte, la vida ni el sentido. En mi estómago irónicamente crecía la vida a mis sólo 17 años, cuando otros, los primeros, se iban yendo. ¿Para dónde se iban? ¿Cómo podía ser cierto? Por aquellos días nació mi hija Bárbara. Hoy casi treinta años después la muerte ha seguido sucediendo.
Hace dos meses murió Lili, la última Alaska de mi vida. Nos vemos en septiembre para mi cumpleaños, me dijo entre los estertores de la muerte. No habría de llegar, era claro. No estaba ( ¿pero acaso lo estuvo para Alaska?) en sus manos llegar o no a la fiesta.
No salgo del dolor. No saldré de él hasta que con los días el olvido, me salve o me devore, que para sus efectos es lo mismo. Hasta que deje de parecerme imposible que Lili no está en esté mundo, que se encuentra enterrada bajo tierra, dejando de ser ojos y piel y cuerpo; que ya no respira ni es poeta. Que no puede sentir como siempre, enloquecida, porque ya no circula la sangre escandalosa por sus venas. Que no podré verla ni podrá verme, ni leerla ni leerme, nunca más.
Sin embargo, la muerte caprichosa también trae consigo sus presencias: las manos de Lili, han tomado su lugar en mi memoria, y obstinadas, se resisten a morir. ¿Cómo hubiera podido reparar en ellas si su voz y su risa cuando hablaban me envolvían por completo?. Hoy casi puedo tocarlas y sentir su fría tibieza; ver su blancura enrojecida. Es extraño. Pero cuando busco su sonrisa, sólo logro ver desdibujada una mueca muda en un rostro de rasgos imprecisos.
En esta vida, aún, seguimos el Gordo, el Coronel, Takumi, tu, yo y tantos más. Todos, temiendo la sonrisa porque ya sabemos que reír es olvidar. Pero es en vano. Los días se suceden velozmente y con ellos, nosotros los vivos y nuestros muertos con ellos, vamos hacia la próxima muerte, hacia nuestro propio olvido, hacia la absoluta desaparición.
Por eso me pregunto, ¿qué ser, como yo ahora, vivirá en el futuro sintiéndose única, desconociendo que en otra época inasible ya para ella y para todos, hubo una de la cual proviene, su verdadera dueña, sentada frente a sí misma, escribiendo lo que sentía, perpleja ante la muerte, e incapaz de imaginar su inexistir?
Sí. Me pregunto, cómo será de verdad eso de estar muerto.
(*) Buscando a Alaska. John Green. Editorial Castillo
"Porque las obras maestras no nacen aisladas y solitarias,
son el producto de muchos años de pensar en común,
de pensar en montón,
detrás de la voz única,
de modo que ésta es la experiencia de la masa."
Virginia Woolf
A veces hay qué decir sobre un texto. Otras veces las palabras, indómitas, se resisten a hacerlo. Vuelan libres y ajenas a toda voluntad hacia el mundo insondable del lector, despertando en él todos sus pájaros, destapando una a una las jaulas, y haciendo que les de la luz del sol. Es cuando las palabras sin importar que tan hermosas sean, no dicen sino cantan.
Alaska, niña tonta ¿por qué te has ido?
¿Y tú sobrino de Hugo?¿Y tu Nora? ¿Y tú, mi primer enamorado? ¿Por qué tantos, tan jóvenes y a destiempo?
Como Gordo tuve que quedarme en este mundo, sin entender la muerte, la vida ni el sentido. En mi estómago irónicamente crecía la vida a mis sólo 17 años, cuando otros, los primeros, se iban yendo. ¿Para dónde se iban? ¿Cómo podía ser cierto? Por aquellos días nació mi hija Bárbara. Hoy casi treinta años después la muerte ha seguido sucediendo.
Hace dos meses murió Lili, la última Alaska de mi vida. Nos vemos en septiembre para mi cumpleaños, me dijo entre los estertores de la muerte. No habría de llegar, era claro. No estaba ( ¿pero acaso lo estuvo para Alaska?) en sus manos llegar o no a la fiesta.
No salgo del dolor. No saldré de él hasta que con los días el olvido, me salve o me devore, que para sus efectos es lo mismo. Hasta que deje de parecerme imposible que Lili no está en esté mundo, que se encuentra enterrada bajo tierra, dejando de ser ojos y piel y cuerpo; que ya no respira ni es poeta. Que no puede sentir como siempre, enloquecida, porque ya no circula la sangre escandalosa por sus venas. Que no podré verla ni podrá verme, ni leerla ni leerme, nunca más.
Sin embargo, la muerte caprichosa también trae consigo sus presencias: las manos de Lili, han tomado su lugar en mi memoria, y obstinadas, se resisten a morir. ¿Cómo hubiera podido reparar en ellas si su voz y su risa cuando hablaban me envolvían por completo?. Hoy casi puedo tocarlas y sentir su fría tibieza; ver su blancura enrojecida. Es extraño. Pero cuando busco su sonrisa, sólo logro ver desdibujada una mueca muda en un rostro de rasgos imprecisos.
En esta vida, aún, seguimos el Gordo, el Coronel, Takumi, tu, yo y tantos más. Todos, temiendo la sonrisa porque ya sabemos que reír es olvidar. Pero es en vano. Los días se suceden velozmente y con ellos, nosotros los vivos y nuestros muertos con ellos, vamos hacia la próxima muerte, hacia nuestro propio olvido, hacia la absoluta desaparición.
Por eso me pregunto, ¿qué ser, como yo ahora, vivirá en el futuro sintiéndose única, desconociendo que en otra época inasible ya para ella y para todos, hubo una de la cual proviene, su verdadera dueña, sentada frente a sí misma, escribiendo lo que sentía, perpleja ante la muerte, e incapaz de imaginar su inexistir?
Sí. Me pregunto, cómo será de verdad eso de estar muerto.
(*) Buscando a Alaska. John Green. Editorial Castillo
sábado, septiembre 23, 2006
miércoles, septiembre 13, 2006

EL HORMIGA
Una hormiga solitaria, que era un hombre joven no una mujer, llevaba muchos días caminando sin saber cómo llegar de nuevo al lugar donde había piedras circulares, brillantes, como las de su tierra. Tenía que llegar, aunque ya no estaba seguro de si recordaba el lugar o lo que recordaba era un invento suyo, de tan cansado que estaba después de llevar días y días caminando tratando de dilucidar su ubicación con ese nuevo cerebro microscópico que era todo lo que ahora poseía para pensar. Si pudiera regresar, se decía a sí mismo, talvez pudiera volver a ser quién era y no esa minúscula, estúpida y negrusca cosa en la que se había convertido.
En estas cosas estaba pensando, cuando vio que unas enormes botas casi lo hacían trizas. Antes de que pudieran hacerle daño, logró de un ágil salto subirse al pantalón del dueño y se quedó muy quieto. Sólo al rato, cuando estuvo seguro de que no lo había descubierto, se atrevió a moverse y reconoció estar encima de un celador: una escopeta le pendía del brazo y su rostro se veía serio y gastado. Cauteloso, caminó hasta los hombros del hombre y desde allí leyó “Hogar Geriátrico”, grabado en la pared. Tampoco es aquí concluyó. Sin embargo, pensando que ya no tenía nada qué perder, decidió entrar. Caminó por enormes corredores blancos y relucientes. En medio de tanta amplitud, de tanta asepsia, se sintió como un mugre sin limpiar, algo más grande que una pulga, pero bastante más lento y estúpido que ellas. Todos las habitaciones estaban vacías de gente, atiborradas de objetos y a oscuras. Todas, excepto la última a la que entró: en la habitación había una mujer sentada escribiendo y frente ella, una piedra circular y transparente, destellaba.
A la máxima velocidad con que puede desplazarse una hormiga, escaló por una de las patas de la mesa y al estar frente a la piedra, vio que su pequeño cuerpo se reflejaba en el interior como el del hombre que recordaba ser. Abstraído como estaba con su imagen, no tuvo tiempo de protegerse cuando la enorme mano de la mujer se le vino encima y con intencional delicadeza le rozó el cuerpo. “Por fin llegaste – la escuchó decir-. Te estaba esperando.” Acto seguido, la metamorfosis comenzó con un escalofrío como un látigo que le recorrió todo el cuerpo.
martes, agosto 15, 2006
EN EL NOMBRE DEL PADRE
Ella llegó con paso lento. Tras sus espaldas había dejado todo su mundo pero hacia el frente, traía a su pequeña hija descansando sobre su abundante y generoso cuerpo.
- Hola Nana – la saludé
- Hola tía – dijo por respuesta-.
Observé la niña con detenimiento: era muy pequeña, de tez muy blanca y parecía tan frágil, que de inmediato despertó en mi un viejo sentimiento maternal que debió explicitarse en mi mirada.
- ¿Quieres alzarla? - me preguntó.
- ¡Claro! - le contesté- . ¿Cuántos meses tiene?
- El 31 de mayo cumple un año – me respondió orgullosa.
Al escuchar la fecha descubrí inmediatamente con la pequeña una asociación mayor que la filial: mi fecha de cumpleaños también era en mayo, el 13 exactamente que era lo mismo sólo que al revés. Secretamente me alegré de encontrar esa complicidad y sonriendo miré de nuevo a la madre que con sus carnes generosas hacía evidente estar escasa de amor hacia sí misma, y tuve fe por primera vez, de que esa bebé sería su reivindicación.
- Se llama Julia – agregó sonriendo -. como Julia Roberts, ¿sabes quién es?
Al llegar a casa mi hermano, él y mi padre de ochenta años, en idéntica posición estaban sentados cada uno en una esquina del sofá viendo la tele. Desde que se jubiló ambos pasaban las horas junto a la pantalla viendo carreras de autos, partidos de fútbol o programas portorriqueños que con gritos entre padres, hijos o amantes, pretendían arreglar el mundo. Verlos así, idiotizados frente a la pantalla, revivió en mí un viejo fastidio por la escena y dudé de haber pensado que fuera una buena idea motivar este encuentro.
Cuando mi hermano vio entrar a su hija con la bebé en brazos, un silencio pareció acallar de improviso toda la habitación. Se levantó de la silla y balbució un “ Hola” sin poder dejar de observar la niña. Mi padre a cambio, no desvió el rostro ni un minuto de la tele. A pesar de estar frente a su bisnieta, simuló estar más sordo ó más ciego de lo que está.
Los ojos de la joven madre, de la niña y los del recién abuelo, se reflejaron entre ellos como un callado eco, y pude reconocer en mi hermano que había olvidado lo inolvidable: que la niña tenía dos madres, que era hija de tres. Frente a su nieta, sus ojos irradiaban una enorme ternura. Vi como sentía un imperioso el deseo de acariciarla, de sentir la suavidad de piel. Sin embargo, una especie de rayo negro de repente le atravesó el semblante y otra parte de él, una que le conozco bien, ajena y fría, borró en un solo segundo aquel deseo que hubiera podido desaparecer para siempre la rabia y el dolor. El rayo favoreció al orgullo, la estupidez, la cobardía. Entonces se detuvo y sin necesidad de articular palabra supe que había retrocedió a su vieja sentencia: madre e hija jamás tendrían su bendición.
- ¿No la vas a alzar? – escuché que mi sobrina preguntaba a su padre.
Mi hermano, como si no la hubiera escuchado, como si en la sala no estuviera nadie, no respondió, se dio la vuelta y volvió a la televisión.
- ¡No puedo creer que no la vas a alzar! – le grité indignada.
- ¡Tú no te metas! – escuché sorprendida a mi padre responderme.
- ¡Pero es su nieta! - le dije - ¡la niña no tiene la culpa!
- Eso no importa – me contestó - esa niña no es hija de Dios.
Quedé de una sola pieza. Acaso podía ser cierto que yo era la hija de aquel hombre. Los ojos de mi sobrina brillaban inundados por las lágrimas. Los de la niña, ingenua a todo y a todos, continuaban observándonos y sonriendo sin juzgarnos, y yo sentí vergüenza; vergüenza de ser un ser humano.
Ella llegó con paso lento. Tras sus espaldas había dejado todo su mundo pero hacia el frente, traía a su pequeña hija descansando sobre su abundante y generoso cuerpo.
- Hola Nana – la saludé
- Hola tía – dijo por respuesta-.
Observé la niña con detenimiento: era muy pequeña, de tez muy blanca y parecía tan frágil, que de inmediato despertó en mi un viejo sentimiento maternal que debió explicitarse en mi mirada.
- ¿Quieres alzarla? - me preguntó.
- ¡Claro! - le contesté- . ¿Cuántos meses tiene?
- El 31 de mayo cumple un año – me respondió orgullosa.
Al escuchar la fecha descubrí inmediatamente con la pequeña una asociación mayor que la filial: mi fecha de cumpleaños también era en mayo, el 13 exactamente que era lo mismo sólo que al revés. Secretamente me alegré de encontrar esa complicidad y sonriendo miré de nuevo a la madre que con sus carnes generosas hacía evidente estar escasa de amor hacia sí misma, y tuve fe por primera vez, de que esa bebé sería su reivindicación.
- Se llama Julia – agregó sonriendo -. como Julia Roberts, ¿sabes quién es?
Al llegar a casa mi hermano, él y mi padre de ochenta años, en idéntica posición estaban sentados cada uno en una esquina del sofá viendo la tele. Desde que se jubiló ambos pasaban las horas junto a la pantalla viendo carreras de autos, partidos de fútbol o programas portorriqueños que con gritos entre padres, hijos o amantes, pretendían arreglar el mundo. Verlos así, idiotizados frente a la pantalla, revivió en mí un viejo fastidio por la escena y dudé de haber pensado que fuera una buena idea motivar este encuentro.
Cuando mi hermano vio entrar a su hija con la bebé en brazos, un silencio pareció acallar de improviso toda la habitación. Se levantó de la silla y balbució un “ Hola” sin poder dejar de observar la niña. Mi padre a cambio, no desvió el rostro ni un minuto de la tele. A pesar de estar frente a su bisnieta, simuló estar más sordo ó más ciego de lo que está.
Los ojos de la joven madre, de la niña y los del recién abuelo, se reflejaron entre ellos como un callado eco, y pude reconocer en mi hermano que había olvidado lo inolvidable: que la niña tenía dos madres, que era hija de tres. Frente a su nieta, sus ojos irradiaban una enorme ternura. Vi como sentía un imperioso el deseo de acariciarla, de sentir la suavidad de piel. Sin embargo, una especie de rayo negro de repente le atravesó el semblante y otra parte de él, una que le conozco bien, ajena y fría, borró en un solo segundo aquel deseo que hubiera podido desaparecer para siempre la rabia y el dolor. El rayo favoreció al orgullo, la estupidez, la cobardía. Entonces se detuvo y sin necesidad de articular palabra supe que había retrocedió a su vieja sentencia: madre e hija jamás tendrían su bendición.
- ¿No la vas a alzar? – escuché que mi sobrina preguntaba a su padre.
Mi hermano, como si no la hubiera escuchado, como si en la sala no estuviera nadie, no respondió, se dio la vuelta y volvió a la televisión.
- ¡No puedo creer que no la vas a alzar! – le grité indignada.
- ¡Tú no te metas! – escuché sorprendida a mi padre responderme.
- ¡Pero es su nieta! - le dije - ¡la niña no tiene la culpa!
- Eso no importa – me contestó - esa niña no es hija de Dios.
Quedé de una sola pieza. Acaso podía ser cierto que yo era la hija de aquel hombre. Los ojos de mi sobrina brillaban inundados por las lágrimas. Los de la niña, ingenua a todo y a todos, continuaban observándonos y sonriendo sin juzgarnos, y yo sentí vergüenza; vergüenza de ser un ser humano.
viernes, agosto 11, 2006
(SE FUE Y EL SILENCIO ES ROTUNDO)
DESDEA SOY
Yo, Desdea la loca, piso las calles.
Rompo mi boca loca bajo la noche.
Me doy a los fantasmas de mi tristeza
a los rostros que he sido y a los que esperan.
Yo, Desdea la loca, la que se inclina
A buscarse en las sombras... La que camina...
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea decreto que la locura
es la amante perfecta que me domina.
Que es mi amante secreta y que voy con ella
de la risa y la mano hasta que las cosas
me abandonen del todo por mi locura.
Yo, Desdea la loca que ama el delirio
bebo la vida a diario con ansia sorda
-Y esta sed es más grande mientras más ando-.
Yo, Desdea la loca, soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante
una niña que juega feliz y loca.
Tengo la risa grande de la amadora
a la magia me entrego y ella me adora.
Me hace el amor el vino... Me rompe un verso.
Me diluye un delirio... Me hace un secreto.
Me deshace Desdea -¿Cómo lo haces?
La canción de una piedra cuando se parte;
Yo, Desdea la loca. La que ríe sola.
La que habla con los perros, la que se inclina
a mirarse los ojos en las estrellas.
Yo, Desdea la loca la que se asombra
la que mece a su sombra cuando camina.
Yo, Desdea la loca soy una obsesa.
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que todo lo que tuve me lo he jugado.
Que todo lo he perdido, pero lo he amado.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea la loca, como un decreto
pido a mis soledades que me retengan...
Pido que me recojan las caracolas
que me lleve la lluvia donde no llueva.
Yo, Desdea la loca soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante.
Desdea soy y me desdoblo a diario.
Con mi otro yo transito en las ciudades.
Desdea soy ¡hija de nadie!
Al viento voy...
Al viento voy cantando...
¡Desdea soy!
Liliana Cadavid
(mi amiga del alma que se ha ido)
DESDEA SOY
Yo, Desdea la loca, piso las calles.
Rompo mi boca loca bajo la noche.
Me doy a los fantasmas de mi tristeza
a los rostros que he sido y a los que esperan.
Yo, Desdea la loca, la que se inclina
A buscarse en las sombras... La que camina...
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea decreto que la locura
es la amante perfecta que me domina.
Que es mi amante secreta y que voy con ella
de la risa y la mano hasta que las cosas
me abandonen del todo por mi locura.
Yo, Desdea la loca que ama el delirio
bebo la vida a diario con ansia sorda
-Y esta sed es más grande mientras más ando-.
Yo, Desdea la loca, soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante
una niña que juega feliz y loca.
Tengo la risa grande de la amadora
a la magia me entrego y ella me adora.
Me hace el amor el vino... Me rompe un verso.
Me diluye un delirio... Me hace un secreto.
Me deshace Desdea -¿Cómo lo haces?
La canción de una piedra cuando se parte;
Yo, Desdea la loca. La que ríe sola.
La que habla con los perros, la que se inclina
a mirarse los ojos en las estrellas.
Yo, Desdea la loca la que se asombra
la que mece a su sombra cuando camina.
Yo, Desdea la loca soy una obsesa.
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que todo lo que tuve me lo he jugado.
Que todo lo he perdido, pero lo he amado.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea la loca, como un decreto
pido a mis soledades que me retengan...
Pido que me recojan las caracolas
que me lleve la lluvia donde no llueva.
Yo, Desdea la loca soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante.
Desdea soy y me desdoblo a diario.
Con mi otro yo transito en las ciudades.
Desdea soy ¡hija de nadie!
Al viento voy...
Al viento voy cantando...
¡Desdea soy!
Liliana Cadavid
(mi amiga del alma que se ha ido)
viernes, agosto 04, 2006

TRAS DE LA CASA
¿Por qué llegar y sentir esa casa como propia,
como la conocida, cuando nunca se había visto?
¿De qué está hecha? ¿Cuál es su materia?
Ninguno de los muebles ha sido mío aunque quisiera
ninguna de sus telas, sus tapetes, sus cobijas
he palpado, ni me he abrigado en ellas.
Aquella casa vista ensueños es mi casa, lo sé,
aunque esté tan lejos,
tan después del río amarillo, denso y peligroso
tan después del lagarto enorme
fiero hambriento.
Aunque para llegar a ella,
para poder entrar de nuevo,
haya tenido que hacer, rito primario, un sacrificio y
dar una vida, la de un cachorro para hacerlo.
Recorrí sus estancias de penumbra y polvo,
observé a través de la ventana
su hermoso jardín desecho,
vi la limpieza suspendida de la cocina vieja
y arriba, a unos pocos escalones sollozantes,
la habitación de la danza, del juego, de la alegría.
Más allá encontré la del reposo, dulces sueños,
y más arriba, aquella a la que tuve que ingresar
arrastrando el cuerpo por el suelo,
ínfima buhardilla, desde cuya ventana pude atisbarme a lo lejos.
Viéndome escindida, tan cerca y tan lejos de mi,
Quise preguntarle ¿Quién era yo? al viento.
Él con certeza lo sabría pues era el único
que recorría, con sus pasos los caminos
y un sólo “Tú”, fue lo que obtuve por respuesta,
tan simple y tan complejo como eso.
Entonces pude deshacer mis pasos:
regresar al fogón, encender el leño y hacer fuego.
Prometerle a las rosas asfixiadas, a la huerta,
volver a acicalarlos y por ahora, hacer
de su vida en desenfreno un florero.
Salir de nuevo,
dudosa de si cerrar o no la puerta.
Caminar liviana y en sosiego, cruzar
el río por un lugar no antes descubierto,
atravesar las aguas sobre un tronco
que me esperaba cual camino,
continuar en dirección a la tumba
en la cual descubro, he estado sentada
sin saber desde el principio,
tumba antigua, simple piedra oscura y carcomida
hermosa, sin adornos
posible habitación eterna de Marguerite Duras,
o mía propia,
cuando sea la hora
de no mirar más la casa,
de no volver a ella,
de nunca regresar.
jueves, julio 13, 2006
martes, julio 11, 2006
En tanto la noche se acerca y cerca todo, las flores gritan su olor.
sábado, julio 08, 2006
TEMER MORIR ES TEMER VIVIR, Y YO ME PARALIZO TRATANDO DE EVITARLO
“La experiencia amorosa nos da de una manera fulgurante
la posibilidad de entrever, así sea por un instante,
la indisoluble unidad de los contrarios.”
“En la creación poética pasa algo parecido:
ausencia y presencia, silencio y palabra,
vacío y plenitud son estados poéticos
tanto como religiosos y amorosos”
El Arco y la Lira, Octavio Paz
Llegó un punto dónde no pudo detener, ni negar por más tiempo el desvanecimiento que sentía. Frente a él su cuerpo perdía todo el peso, se sentía ligera casi a punto de caer y esa sensación de perder la forma, de derretimiento, remplazaba su seguridad y el control de sus emociones y sus actos. En otros tiempos, sin la menor duda habría creído encontrar por fin el amor. Hoy ya no creía en ello. Después de haber sido su amante tantas veces, de haber dormido con él y desnudarlo, había descubierto su naturaleza de ropaje: era sólo un vestido gaseoso que mal lograba esconder el imperioso deseo del cuerpo del otro, para sentir el propio cuerpo a través de él. Ser uno, siendo dos en un instante. Ahora, podía reconocer su fuerza que lo invade todo, rompiendo diques y fronteras, haciendo de dos seres, una pareja aunque feliz, ansiosa presa. Y sabía, no podía olvidar, la muerte que siempre traía consigo, la disolución.
Por eso tenía miedo. Con el deseo ya nada se mantendría estático, todo correría sin futuro, vertiginoso, hacia la muerte. No había cómo escapársele al destino: ya lo deseaba y desearlo, era perderlo. Vivirlo, matarlo para siempre. Por fin sabía que, como tantas otras veces, quererle era clavarse el puñal mágico en el centro y al hacerlo, ser testigo de cómo él iría muriendo y ella con él. No importaba que esta vez fuera la única o la que más un exabrupto pareciera; el destino como siempre correría implacable: más cerca o más tarde, sólo quedaría la distancia, el recuerdo, la nada; o si acaso, a lo mucho, un reflejo del dolor.
“La experiencia amorosa nos da de una manera fulgurante
la posibilidad de entrever, así sea por un instante,
la indisoluble unidad de los contrarios.”
“En la creación poética pasa algo parecido:
ausencia y presencia, silencio y palabra,
vacío y plenitud son estados poéticos
tanto como religiosos y amorosos”
El Arco y la Lira, Octavio Paz
Llegó un punto dónde no pudo detener, ni negar por más tiempo el desvanecimiento que sentía. Frente a él su cuerpo perdía todo el peso, se sentía ligera casi a punto de caer y esa sensación de perder la forma, de derretimiento, remplazaba su seguridad y el control de sus emociones y sus actos. En otros tiempos, sin la menor duda habría creído encontrar por fin el amor. Hoy ya no creía en ello. Después de haber sido su amante tantas veces, de haber dormido con él y desnudarlo, había descubierto su naturaleza de ropaje: era sólo un vestido gaseoso que mal lograba esconder el imperioso deseo del cuerpo del otro, para sentir el propio cuerpo a través de él. Ser uno, siendo dos en un instante. Ahora, podía reconocer su fuerza que lo invade todo, rompiendo diques y fronteras, haciendo de dos seres, una pareja aunque feliz, ansiosa presa. Y sabía, no podía olvidar, la muerte que siempre traía consigo, la disolución.
Por eso tenía miedo. Con el deseo ya nada se mantendría estático, todo correría sin futuro, vertiginoso, hacia la muerte. No había cómo escapársele al destino: ya lo deseaba y desearlo, era perderlo. Vivirlo, matarlo para siempre. Por fin sabía que, como tantas otras veces, quererle era clavarse el puñal mágico en el centro y al hacerlo, ser testigo de cómo él iría muriendo y ella con él. No importaba que esta vez fuera la única o la que más un exabrupto pareciera; el destino como siempre correría implacable: más cerca o más tarde, sólo quedaría la distancia, el recuerdo, la nada; o si acaso, a lo mucho, un reflejo del dolor.
miércoles, julio 05, 2006
Pluma blanca
déjame llenar de sangre negra tus pulmones.
Ser contigo el paisaje que grita el viento
o el silencio,
a veces hombre,
a veces mujer o viceversa
sin miedos, sin culpas, volar.
Déjame,
llenar de sangre negra tus pulmones.
Ver a dios o al diablo
anegarme en el pozo oscuro del amor
o el desamor,
llorar los mares con aguas que me son ajenas.
Ser contigo otra, todas y cualquiera.
Sin cauce construir el río.
Hacer de las piedras campanas
de los pescados gatos
de tu blancura luz
y dejar ciego, a quien con sus pupilas
roce tus níveas aspas,
de este mundo real y sin sentido,
estúpido, atroz.
déjame llenar de sangre negra tus pulmones.
Ser contigo el paisaje que grita el viento
o el silencio,
a veces hombre,
a veces mujer o viceversa
sin miedos, sin culpas, volar.
Déjame,
llenar de sangre negra tus pulmones.
Ver a dios o al diablo
anegarme en el pozo oscuro del amor
o el desamor,
llorar los mares con aguas que me son ajenas.
Ser contigo otra, todas y cualquiera.
Sin cauce construir el río.
Hacer de las piedras campanas
de los pescados gatos
de tu blancura luz
y dejar ciego, a quien con sus pupilas
roce tus níveas aspas,
de este mundo real y sin sentido,
estúpido, atroz.
jueves, junio 01, 2006

OTRA LUZ
El sol rojo, amarillo, de esta tarde pasmada
roza la ciudad sus filos,
y hace de luz las azoteas.
En ellas, pantalones camisas medias
brillantes pájaros de colores
se mecen suspendidos
mientras se secan al sol.
Qué tristes, parecen
sólo pájaros amarrados de sus patas
imposibilitados de volar.
1.996
La aurora en Nueva York
amanece muda
o muerta.
En ella los pájaros
(cadáveres) cantan
en silencio.
Las sirenas histéricas a cambio,
festejan con su llorar
macabro, cada día
una victoria.
La aurora en Nueva York
amanece muda
o muerta.
En ella los pájaros
(cadáveres) cantan
en silencio.
Las sirenas histéricas a cambio,
festejan con su llorar
macabro, cada día
una victoria.
domingo, mayo 07, 2006
OTRA PRIMAVERA
Pinceladas moradas sobre un gris.
Campanas vegetales sin freno
que vuelan al vaivén de l viento.
Explosión de pistilos
y de estambres esperando
diluirse en sexo,
y yo, escribiendo.
Pinceladas moradas sobre un gris.
Campanas vegetales sin freno
que vuelan al vaivén de l viento.
Explosión de pistilos
y de estambres esperando
diluirse en sexo,
y yo, escribiendo.
LA ESPERA
Era un 23 de Enero. Yo tenía seis años, hacía mi primer año y mi madre tal como todos los días me llevó a la escuela. Recuerdo, al llegar la campana había sonado, la puerta estaba cerrada y la normas que en la escuela eran muy estrictas estipulaban que una vez cerrada la puerta no había manera de ingresar. Aún así mi madre timbró y rogó que me dejaran entrar pidiendo disculpas por la tardanza. Antes de despedirse, me dio un abrazó fuerte, acomodó mejor una hebilla qué había colocado en mi cabello, me dio un beso y se fue.
Yo, era un niña tranquila, obediente, fácil en el trato aunque algo reservada. Mis compañeritos del salón me apodaban “ Cami” a secas, y tenía una mejor amiga, Laura, que como casi todo lo que quise en mi infancia, nunca más volví a ver.
Extrañamente por lo coincidente, ese día en clase nos enseñaron la construcción escrita de la palabra mamá. Aún me veo sobre el papel del cuaderno tratando, con gran esfuerzo, de domar un lápiz para escribir su nombre. Sí, mamá, el único nombre que en aquella época conocía de mi madre. De Maribel Monroy Flores.
A eso de las dos de la tarde, hora en que regularmente terminaba la escuela sonó el timbre anunciando la salida y un tropel de niños, entre ellos yo, bulliciosos y desordenados invadimos el patio de recreo a esperar que llegaran nuestros padres por nosotros; poco a poco fueron saliendo muchos y fuimos quedando los menos. Una hora más tarde ya todos se habían ido y yo, solitaria lloraba en una esquina. Entonces fue cuando mi maestra de aquel año, salió al patio y me vio todavía esperando: “Seguro tu madre no ha de tardar” me dijo, “siempre llega por ti a tiempo”. Acto seguido se sentó a mi lado y se dispuso a esperar conmigo. En su compañía, entre juegos, cuentos y ocasionales caricias, debió transcurrir otra media hora sin que mi madre llegara aún. En casa nadie contestó al teléfono. Decidió entonces mi maestra, sabiendo que la suya no distaba mucho de la nuestra, dejarle el recado a mi madre de que me llevaría con ella para que me recogiera a penas pudiera hacerlo.
A partir de este momento el nivel de detalle que guardo de aquella tarde es sorprendente. Puedo, si quiero, volver a tener seis años y vivir de nuevo aquel día. Cuando pienso en ello, no puedo evitar preguntarme, qué misterio hace en la vida uno olvide algunos hechos y otros no. Qué ocurrió en mi memoria para que el pequeño descubrimiento de aquel día haya dejado en mí una impresión tan o más viva que el dolor.
Es que, a pesar de la distancia en el tiempo sé que su nitidez se debe a la alegría de estar en la casa de mi maestra que tanto quería y al descubrimiento feliz que hasta hoy ha determinado quién soy: la maravilla de hacer música. Porque, a pesar del miedo o de dolor que con certeza debí sentir con la noticia, y a la ira profunda que nació en mi desde aquel día hacia mi padre, esa tarde fue una de las más felices de mi infancia. De no ser así, no podría recordar como si fuera ayer el salón de la casa, el color amarillo de las paredes, la textura de los sillones, y sobretodo el piano en el rincón de la ventana. Qué atracción tan poderosa ejerció sobre mi aquel piano silencioso. Desde que lo vi no pude quitarle los ojos de encima. Mi maestra al notarlo, me invitó a sentarme en la baqueta junto a ella y lo abrió. Luego, tomó una de mis manos, la colocó sobre el piano y dirigiendo mis pequeños dedos los deslizó sobre el teclado blanco y negro haciendo que de ellos naciera por primera vez una escala: do, re, mi, fa, sol, la, si do, si, la, sol, fa, mi, re, do, entonándola al unísono. Junto con la música, el sol de la tarde a mi izquierda entró a raudales por la ventana, y yo quedé deslumbrada. El aire se sentía cálido, la música perfumada. Era un olor que al mismo tiempo parecía igual y distinto a como olía mi madre.
Debían ser más de las seis pues era ya de noche, cuando por fin timbraron a la puerta; yo salí corriendo a abrirla pero a cambio de mi madre a quien vi de pie fue a mi padre, parecía tan pálido como los fantasmas dibujados en mis cuentos, y él al verme, se puso a llorar como si fuera un niño de mi escuela. Indagué con los ojos a mi profesora buscando respuestas, pero ella observaba a mi padre tan sorprendida como yo, y lo invitaba a entrar ofreciéndole apurada dónde sentarse y agua para beber.
Al entrar, inmóvil sobre la silla, mi padre ocultó el rostro entre sus manos. Por alguna razón que en ese momento no logré comprender, supe que era a mi a quien evitaba. Quise decirle que no sintiera pena de hacerlo, que yo también lloraba, pero no supe cómo decirle eso. A cambio, le busqué los ojos, con fuerza abrí sus manos y dejé al descubierto su rostro. Fue entonces cuando lo escuché decir “se ha ido, se ha ido”. No entendí a quién se refería ¿Quién papi? ¿Quién se fue? le interrogué.
Mi maestra se detuvo al vernos sosteniendo el vaso de agua entre las manos. ¿Quién se fue? volví a preguntarle al ver que no dejaba de llorar. “Tu madre. Tu madre” “ Una mujer muy mala la ha matado, y yo soy el culpable”.
A partir de este momento, mi memoria se oscurece. No recuerdo qué mas pasó aquel día, cómo terminó la noche, ni los días que siguieron al escándalo después de publicados los detalles de la muerte de mi madre y la sevicia con que la amante de mi padre la mató.
Son días, meses, que por más que me esfuerzo en recordar han desaparecido de mi vida; cuando intento recordarlos lo único que trae mi memoria, como si en ese punto mi vida hubiera quedado suspendida, es el sonido repetitivo del piano, su do re mi fa sol, y el perfume de mi maestra con el de mi madre entrelazado.
“ María Tabares”
Era un 23 de Enero. Yo tenía seis años, hacía mi primer año y mi madre tal como todos los días me llevó a la escuela. Recuerdo, al llegar la campana había sonado, la puerta estaba cerrada y la normas que en la escuela eran muy estrictas estipulaban que una vez cerrada la puerta no había manera de ingresar. Aún así mi madre timbró y rogó que me dejaran entrar pidiendo disculpas por la tardanza. Antes de despedirse, me dio un abrazó fuerte, acomodó mejor una hebilla qué había colocado en mi cabello, me dio un beso y se fue.
Yo, era un niña tranquila, obediente, fácil en el trato aunque algo reservada. Mis compañeritos del salón me apodaban “ Cami” a secas, y tenía una mejor amiga, Laura, que como casi todo lo que quise en mi infancia, nunca más volví a ver.
Extrañamente por lo coincidente, ese día en clase nos enseñaron la construcción escrita de la palabra mamá. Aún me veo sobre el papel del cuaderno tratando, con gran esfuerzo, de domar un lápiz para escribir su nombre. Sí, mamá, el único nombre que en aquella época conocía de mi madre. De Maribel Monroy Flores.
A eso de las dos de la tarde, hora en que regularmente terminaba la escuela sonó el timbre anunciando la salida y un tropel de niños, entre ellos yo, bulliciosos y desordenados invadimos el patio de recreo a esperar que llegaran nuestros padres por nosotros; poco a poco fueron saliendo muchos y fuimos quedando los menos. Una hora más tarde ya todos se habían ido y yo, solitaria lloraba en una esquina. Entonces fue cuando mi maestra de aquel año, salió al patio y me vio todavía esperando: “Seguro tu madre no ha de tardar” me dijo, “siempre llega por ti a tiempo”. Acto seguido se sentó a mi lado y se dispuso a esperar conmigo. En su compañía, entre juegos, cuentos y ocasionales caricias, debió transcurrir otra media hora sin que mi madre llegara aún. En casa nadie contestó al teléfono. Decidió entonces mi maestra, sabiendo que la suya no distaba mucho de la nuestra, dejarle el recado a mi madre de que me llevaría con ella para que me recogiera a penas pudiera hacerlo.
A partir de este momento el nivel de detalle que guardo de aquella tarde es sorprendente. Puedo, si quiero, volver a tener seis años y vivir de nuevo aquel día. Cuando pienso en ello, no puedo evitar preguntarme, qué misterio hace en la vida uno olvide algunos hechos y otros no. Qué ocurrió en mi memoria para que el pequeño descubrimiento de aquel día haya dejado en mí una impresión tan o más viva que el dolor.
Es que, a pesar de la distancia en el tiempo sé que su nitidez se debe a la alegría de estar en la casa de mi maestra que tanto quería y al descubrimiento feliz que hasta hoy ha determinado quién soy: la maravilla de hacer música. Porque, a pesar del miedo o de dolor que con certeza debí sentir con la noticia, y a la ira profunda que nació en mi desde aquel día hacia mi padre, esa tarde fue una de las más felices de mi infancia. De no ser así, no podría recordar como si fuera ayer el salón de la casa, el color amarillo de las paredes, la textura de los sillones, y sobretodo el piano en el rincón de la ventana. Qué atracción tan poderosa ejerció sobre mi aquel piano silencioso. Desde que lo vi no pude quitarle los ojos de encima. Mi maestra al notarlo, me invitó a sentarme en la baqueta junto a ella y lo abrió. Luego, tomó una de mis manos, la colocó sobre el piano y dirigiendo mis pequeños dedos los deslizó sobre el teclado blanco y negro haciendo que de ellos naciera por primera vez una escala: do, re, mi, fa, sol, la, si do, si, la, sol, fa, mi, re, do, entonándola al unísono. Junto con la música, el sol de la tarde a mi izquierda entró a raudales por la ventana, y yo quedé deslumbrada. El aire se sentía cálido, la música perfumada. Era un olor que al mismo tiempo parecía igual y distinto a como olía mi madre.
Debían ser más de las seis pues era ya de noche, cuando por fin timbraron a la puerta; yo salí corriendo a abrirla pero a cambio de mi madre a quien vi de pie fue a mi padre, parecía tan pálido como los fantasmas dibujados en mis cuentos, y él al verme, se puso a llorar como si fuera un niño de mi escuela. Indagué con los ojos a mi profesora buscando respuestas, pero ella observaba a mi padre tan sorprendida como yo, y lo invitaba a entrar ofreciéndole apurada dónde sentarse y agua para beber.
Al entrar, inmóvil sobre la silla, mi padre ocultó el rostro entre sus manos. Por alguna razón que en ese momento no logré comprender, supe que era a mi a quien evitaba. Quise decirle que no sintiera pena de hacerlo, que yo también lloraba, pero no supe cómo decirle eso. A cambio, le busqué los ojos, con fuerza abrí sus manos y dejé al descubierto su rostro. Fue entonces cuando lo escuché decir “se ha ido, se ha ido”. No entendí a quién se refería ¿Quién papi? ¿Quién se fue? le interrogué.
Mi maestra se detuvo al vernos sosteniendo el vaso de agua entre las manos. ¿Quién se fue? volví a preguntarle al ver que no dejaba de llorar. “Tu madre. Tu madre” “ Una mujer muy mala la ha matado, y yo soy el culpable”.
A partir de este momento, mi memoria se oscurece. No recuerdo qué mas pasó aquel día, cómo terminó la noche, ni los días que siguieron al escándalo después de publicados los detalles de la muerte de mi madre y la sevicia con que la amante de mi padre la mató.
Son días, meses, que por más que me esfuerzo en recordar han desaparecido de mi vida; cuando intento recordarlos lo único que trae mi memoria, como si en ese punto mi vida hubiera quedado suspendida, es el sonido repetitivo del piano, su do re mi fa sol, y el perfume de mi maestra con el de mi madre entrelazado.
“ María Tabares”

