Operación limpieza
Como una flor nocturna
henchida paloma,
anoche
entre las sombras
sobre el muro
un gato
gris
piedra cálida y peluda
suavidad inalcanzable
arisco de mi tacto
existía
quieto
suspendido.
A menos de un metro de distancia
bajo él
brillando alumbrada por la luna que no había
una jaula imitación de plata
con dos puertas
garganta de dos bocas
abiertas
túnel socavón
voraz esperaba
devorarse al animal
flor y piedra.
Al centro del cepo de aire y luna
un exangüe plato de comida
simulado corazón palpitante
de una muchacha en celo.
El aire, la noche, el tiempo
las bocas, el gato,
suspendidos
yo, igual,
con el bolso
colgando de mi hombro,
la conversación sostenida con mi hija
enredadera prolífica de flores y de espinas
trepando por mi pecho
y este poema
callado
aun inexistente
horrorizado
por la caza.
“No te dejes” susurré al felino
vehemente, en advertencia
y súplica.
“Vete.” “Si la amas encontrarás la muerte”
“Es lo que quieren”.
“Vuela”.
Hoy, otra vez, la luz del día con su rayo.
¿Dónde el gato amado,
su suavidad esquiva
flor nocturna
enredadera de flores y de espinas
ascendiendo por mi pecho?
Desciendo las escaleras en su búsqueda
flor
piedra
paloma
dentro de los barrotes de plata.
La jaula, a la distancia,
esparce un falso brillo.
Me acerco.
Sus dos bocas enormes, abiertas.
Nadie adentro.
Intacto luce el exangüe corazón
de la muchacha
ahora deslucido, moribundo
con la espera inútil.
Nace
entonces
este poema canto
maullido.
¡Festejo!
Anoche ha habido
un vuelo. Una victoria.
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