Tabio
En el jardín
de la pequeña señora de 82 años
que vive sola
nada existe que evidencie
el paso del tiempo.
Los árboles,
dos duraznos, un manzano, un ciruelo,
son niños soñando ser adultos.
Las flores, jovencísimas,
pensamientos, violetas,
rosas sevillanas (siempre florecidas)
hortensias, cartuchos, lirios
estampan el césped bien cortado
como al vestido de una dama de un cuento
con bellos soles de colores
en el día
y lunas abrazadas
a sí mismas
en las noches
cuando duerme.
En medio está la casa.
Es el edén eternizado de mi madre.
En él, la enfermedad, la muerte, inevitables,
no fecundan. Pareciera, tampoco el dolor.
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