Del colgadero que había encima de la cocina cogía la enorme cazuela negra, que, por mucho que la lavaran, siempre olía a hierbas. Dentro de la cazuela vaciaba los cestos de tomates, unos diez kilos o más. Colocaba la cazuela encima de las llamas, volvía a la terraza y me sentaba allí, las piernas colgando, mirando vagar las gallinas, los perros, si los había, a los gatos, cuyas vidas eran paralelas a la de los perros, sin que se tuvieran en cuenta mutuamente...
Al cabo de una hora más o menos sacaba del fuego la cazuela, llena de una pulpa roja que burbujeaba suavemente. Con una cuchara de madera en una mano y con una de plata en la otra pescaba trozos de piel. Era un proceso agradable y lento. Cuando todos los pequeños y apretados rollos de piel estaban fuera, echaba sal, pimienta, un manojo de tomillo y aproximadamente un cuarto de amarilla crema. Lo dejaba hervir lentamente otra hora.
Luego, el almuerzo. Platos llenos de caldo rojizo y perfumado, cuyo olor mareaba. Más que comer, me dejaba absorber por su olor, así como por mis recuerdos del huerto...
Esto es una verdadera sopa de tomate. Nunca te conformes con menos."
Doris Lessing






