(¿A falta de mi inspiración, qué tal la de mi amigo Ricardo Saracco? ¿No es una maravilla?)
CORDURA
Un hombre cuerdo, muy cuerdo, llega a una cafetería. Es amable como cualquier hombre cuerdo; saluda y se sienta en una mesa pequeña. Una mesa grande sería inútil y poco práctica –piensa- mejor una pequeña, aquí caben mis hojas. Saca una libreta a cuadros y un lápiz, enseguida con una sonrisa (por supuesto) pide un café descafeinado y un vaso con agua. Con la misma sonrisa agradece al mesero por traerle el café.
Después comienza a escribir números con su lápiz número 2, letra B de punta bien afilada. Saca resultados de sumas y restas, un rato más tarde da un sorbo con mucha educación a su café. Con lentitud saca una calculadora. Debo estar seguro de los resultados –piensa-. Inmediatamente sus dedos realizan las operaciones con prodigio. Todo en orden –dice en voz baja para no interrumpir las pláticas del resto de parroquianos.
Termina su café saboreando la última gota. Con un movimiento rápido pide la cuenta. Su respiración es pausada, tranquila, paga con unas monedas dejando buena propina.
Sale por la puerta despidiéndose con un educado con permiso. Dos parroquianos sentados en la última mesa asienten al mismo tiempo. Al cerrarse la puerta, él más joven exclama que tipo tan raro.
Ricardo Saracco
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