
NI SIENDO OTRA
¿Para qué vivir la vida
si no es para escribirla?
Cuando despertó, Miriam tenía el cuerpo lleno de besos invisibles. Por eso no abrió los ojos. Esperó a abrazarlo, se rió con su última ocurrencia y sólo entonces, sin despedirse, abrió lo ojos. La sensación de los brazos de él en su cuerpo, de los besos en la piel, la invadían por completo. Estaba feliz como cualquier enamorada aunque su amor estuviera como los fantasmas, hecho de sus propias ansias.
Puso un pié en el suelo, se sentó en la cama y desperezó. A su lado, su gata hizo lo mismo. Habían quedado de verse hoy, a la una y media, en la escultura central del parque España. Abrió el armario, movió rápidamente las prendas como quien pasa apurada las hojas de una revista, nada de lo que vio le gustó, entonces, lo cerró.
En la cocina sirvió un café. Quería despejar de su cuerpo los besos de la noche. Se sentó a la mesa. Si fuera adivina, si pudiera entrever el futuro y saber anticipada, qué iba a sucederle cuando lo viera de nuevo, pensó. Adivinar qué iba a sentir. De repente, sin poder evitarlo, una frase se le vino a la cabeza y una urgencia inaplazable la obligó a sentarse ante el computador. Las palabras dentro de las paredes de su frente necesitaban, urgentes, salir de su mente, deslizarse hacia los dedos, huir por sus yemas, hasta ser escritas; leídas. Mientras la computadora terminaba de encenderse, ella desesperaba. Al fin, sus dedos la escupieron: Cuando se despertó tenía el cuerpo lleno de besos invisibles. Quedó pasmada al leerla. Era claro, en su amor no había pasado un solo día. Había despertado llena de los besos de él, de Roberto, aunque en los sueños se le hubiera aparecido disfrazado de otro; era Roberto, lo sabía, así no tuviera su sonrisa, estuviera casado como lo estaba en el sueño, fuera un ser mucho mayor y la amara, justamente como nunca había podido hacerlo. Descubrir que lo seguía amando hizo que, esa mañana, el pasado se encendiera frente a sus ojos, a pesar de haberle cerrado la puerta y apagado la luz. Recordaba, sí, vio. No necesitaba ser adivina para saber qué era lo que sentía. Su amor tenía el reloj dañado. Como un eterno adolescente, estaba intacto.
La gata maulló llamando su atención. Cayó en cuenta de que había perdido la noción del tiempo. Miró el reloj, eran las tres.
2 comentarios:
Qué lindo María, yo también me he despertado tatuada con besos invisibles.
yo desperté así recientemente. es una sensación bastante desconcertance cuando se amanece sola.
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