Por la ventana vio el cielo profundo, azul brillante. El aire helaba y sentía las manos, la punta de la nariz y los pies hechos de hielo. La fila de carros en la vía se movía despacio y ansiosa. El gato rondaba a sus pies. Lo alzó. La suavidad y el calor de su cuerpo le parecieron un regalo. Con él en brazos caminó hasta la cocina y observó el reloj. Eran las 5 y media.
De paso hacia la habitación, compuso la carpeta que tenía bajo el teléfono, tomó el auricular y lo descolgó. Luego, siguió hacia la habitación. Abrió el armario y saco una cobija. Puso sobre ella a la gata, se quitó los zapatos y se acostó a esperar que la luz despareciera, los pájaros dejaran de cantar sobre los árboles y la noche dominara con su contundencia.
Ella y el gato bajo la cobija cerraron los ojos.
El apartamento quedó en silencio. Los sonidos exteriores se acrecentaron por contraste, el canto de los pájaros se escuchó más nítido, la luz naranja más transparente, los pitos de los coches más reales.
Bajo la cobija, ella ni siquiera oía su respiración. Estaba suspendida a la vida. Ella y su gato eran un solo ser adormilado.
De repente, el mundo exterior también se silenció. Los pájaros ya no estuvieron, la calle quedó vacía y las sombras oscurecieron del todo el sol.
La casa y el exterior desaparecieron. Ella viajó por lugares que horas más adelante no recordaría. Lugares del pasado, del futuro, de la imaginación.
A veces, aunque ella no lo oía, se escuchaba un ronronear bajo la manta compartida. Podría ser la respiración relajada de ella, podía ser la respiración de él. Tan juntos dormían y tan a gusto, que era imposible saber qué era de quién.
La luna no salió nunca. O nadie la vio pasar que es lo mismo. Ellos, mujer y gata, menos la vieron. Pero en esa suspensión, en ese silencio ciego a la vida compartido, el tiempo, los minutos del reloj continuaron su andar imperturbable. Las manecillas del reloj en la cocina cambiaron de lugar a cada instante. Dieron varias vueltas y pareciendo hacer los mismo, avanzaron sin descanso jalonando el tiempo, llevándose la noche a rastras, para que pudiera ser de nuevo el día.
Por fin, en una esquina del cielo se vio la luz violeta desperezándose. Ni los ojos de ella ni los de él la vieron. La noche en sus parpados aún continuaba intacta.
Del violeta, poco a poco se hizo la luz. Los pájaros, más que cantar, gritaron alharaquientos por saludo. Las bocinas de los carros gritaron otro nuevo afán. Dentro del apto, la luz, tímida, iluminó los trastos, los muebles, el teléfono pero a ellos no los despertó. Mujer y gato bajo la manta, continuaron por mucho más rato, viajando dentro de su interior.
Los párpados de ella temblaron como alas dispuestas a arrancar el vuelo. El gato los escuchó en silencio. La manta destapó el rostro y en sus ojos recién abiertos, la pupila negra se dibujó así misma en una fina línea El gato entonces abrió los suyos y vio los ojos de ella idénticos a los de él. También los bigotes blanco y negro que nacían de su rostro, y una larga, intermitente y suave cola que rozaba su cuerpo con ritmo intermitente,
Ella quiso decir algo y un maullido, largo y felino salió de su garganta. El gato la observó y en respuesta emitió un maullido equivalente. Luego, se acercó a su ama lentamente, y con la lengua áspera comenzó a limpiarle el cuerpo como siempre había hecho sólo con el suyo. Ella no puedo evitar entrecerrar los ojos. Una calma instintiva se apoderó de ella y su mente, antes humana, enmudeció. Respondió al afecto como nunca había podido hacerlo, con todo el cuerpo. Fue un largísimo y felpudo ronroneo.
Cuando pasó caminando bajo la ventana, buscó la mujer que siempre estaba adentro, la mano en alto cuando de él se despedía y sus ojos tristes al verlo sonriendo. Pero no estaba. Sólo vio su gato en la ventana. Otro igual le hacía compañía.
1 comentario:
los pajaros no cantan por las noches
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