CANTO A MI ULTIMA ALASKA (*)
"Porque las obras maestras no nacen aisladas y solitarias,
son el producto de muchos años de pensar en común,
de pensar en montón,
detrás de la voz única,
de modo que ésta es la experiencia de la masa."
Virginia Woolf
A veces hay qué decir sobre un texto. Otras veces las palabras, indómitas, se resisten a hacerlo. Vuelan libres y ajenas a toda voluntad hacia el mundo insondable del lector, despertando en él todos sus pájaros, destapando una a una las jaulas, y haciendo que les de la luz del sol. Es cuando las palabras sin importar que tan hermosas sean, no dicen sino cantan.
Alaska, niña tonta ¿por qué te has ido?
¿Y tú sobrino de Hugo?¿Y tu Nora? ¿Y tú, mi primer enamorado? ¿Por qué tantos, tan jóvenes y a destiempo?
Como Gordo tuve que quedarme en este mundo, sin entender la muerte, la vida ni el sentido. En mi estómago irónicamente crecía la vida a mis sólo 17 años, cuando otros, los primeros, se iban yendo. ¿Para dónde se iban? ¿Cómo podía ser cierto? Por aquellos días nació mi hija Bárbara. Hoy casi treinta años después la muerte ha seguido sucediendo.
Hace dos meses murió Lili, la última Alaska de mi vida. Nos vemos en septiembre para mi cumpleaños, me dijo entre los estertores de la muerte. No habría de llegar, era claro. No estaba ( ¿pero acaso lo estuvo para Alaska?) en sus manos llegar o no a la fiesta.
No salgo del dolor. No saldré de él hasta que con los días el olvido, me salve o me devore, que para sus efectos es lo mismo. Hasta que deje de parecerme imposible que Lili no está en esté mundo, que se encuentra enterrada bajo tierra, dejando de ser ojos y piel y cuerpo; que ya no respira ni es poeta. Que no puede sentir como siempre, enloquecida, porque ya no circula la sangre escandalosa por sus venas. Que no podré verla ni podrá verme, ni leerla ni leerme, nunca más.
Sin embargo, la muerte caprichosa también trae consigo sus presencias: las manos de Lili, han tomado su lugar en mi memoria, y obstinadas, se resisten a morir. ¿Cómo hubiera podido reparar en ellas si su voz y su risa cuando hablaban me envolvían por completo?. Hoy casi puedo tocarlas y sentir su fría tibieza; ver su blancura enrojecida. Es extraño. Pero cuando busco su sonrisa, sólo logro ver desdibujada una mueca muda en un rostro de rasgos imprecisos.
En esta vida, aún, seguimos el Gordo, el Coronel, Takumi, tu, yo y tantos más. Todos, temiendo la sonrisa porque ya sabemos que reír es olvidar. Pero es en vano. Los días se suceden velozmente y con ellos, nosotros los vivos y nuestros muertos con ellos, vamos hacia la próxima muerte, hacia nuestro propio olvido, hacia la absoluta desaparición.
Por eso me pregunto, ¿qué ser, como yo ahora, vivirá en el futuro sintiéndose única, desconociendo que en otra época inasible ya para ella y para todos, hubo una de la cual proviene, su verdadera dueña, sentada frente a sí misma, escribiendo lo que sentía, perpleja ante la muerte, e incapaz de imaginar su inexistir?
Sí. Me pregunto, cómo será de verdad eso de estar muerto.
(*) Buscando a Alaska. John Green. Editorial Castillo
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