TEMER MORIR ES TEMER VIVIR, Y YO ME PARALIZO TRATANDO DE EVITARLO
“La experiencia amorosa nos da de una manera fulgurante
la posibilidad de entrever, así sea por un instante,
la indisoluble unidad de los contrarios.”
“En la creación poética pasa algo parecido:
ausencia y presencia, silencio y palabra,
vacío y plenitud son estados poéticos
tanto como religiosos y amorosos”
El Arco y la Lira, Octavio Paz
Llegó un punto dónde no pudo detener, ni negar por más tiempo el desvanecimiento que sentía. Frente a él su cuerpo perdía todo el peso, se sentía ligera casi a punto de caer y esa sensación de perder la forma, de derretimiento, remplazaba su seguridad y el control de sus emociones y sus actos. En otros tiempos, sin la menor duda habría creído encontrar por fin el amor. Hoy ya no creía en ello. Después de haber sido su amante tantas veces, de haber dormido con él y desnudarlo, había descubierto su naturaleza de ropaje: era sólo un vestido gaseoso que mal lograba esconder el imperioso deseo del cuerpo del otro, para sentir el propio cuerpo a través de él. Ser uno, siendo dos en un instante. Ahora, podía reconocer su fuerza que lo invade todo, rompiendo diques y fronteras, haciendo de dos seres, una pareja aunque feliz, ansiosa presa. Y sabía, no podía olvidar, la muerte que siempre traía consigo, la disolución.
Por eso tenía miedo. Con el deseo ya nada se mantendría estático, todo correría sin futuro, vertiginoso, hacia la muerte. No había cómo escapársele al destino: ya lo deseaba y desearlo, era perderlo. Vivirlo, matarlo para siempre. Por fin sabía que, como tantas otras veces, quererle era clavarse el puñal mágico en el centro y al hacerlo, ser testigo de cómo él iría muriendo y ella con él. No importaba que esta vez fuera la única o la que más un exabrupto pareciera; el destino como siempre correría implacable: más cerca o más tarde, sólo quedaría la distancia, el recuerdo, la nada; o si acaso, a lo mucho, un reflejo del dolor.
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