Vienes y vas como las olas
Mi boca húmeda queda ansiosa
añorante eterna de la sal de tu piel.
Y quiero ser sirena.
Vienes y vas como las olas
sábado, septiembre 23, 2006
miércoles, septiembre 13, 2006

EL HORMIGA
Una hormiga solitaria, que era un hombre joven no una mujer, llevaba muchos días caminando sin saber cómo llegar de nuevo al lugar donde había piedras circulares, brillantes, como las de su tierra. Tenía que llegar, aunque ya no estaba seguro de si recordaba el lugar o lo que recordaba era un invento suyo, de tan cansado que estaba después de llevar días y días caminando tratando de dilucidar su ubicación con ese nuevo cerebro microscópico que era todo lo que ahora poseía para pensar. Si pudiera regresar, se decía a sí mismo, talvez pudiera volver a ser quién era y no esa minúscula, estúpida y negrusca cosa en la que se había convertido.
En estas cosas estaba pensando, cuando vio que unas enormes botas casi lo hacían trizas. Antes de que pudieran hacerle daño, logró de un ágil salto subirse al pantalón del dueño y se quedó muy quieto. Sólo al rato, cuando estuvo seguro de que no lo había descubierto, se atrevió a moverse y reconoció estar encima de un celador: una escopeta le pendía del brazo y su rostro se veía serio y gastado. Cauteloso, caminó hasta los hombros del hombre y desde allí leyó “Hogar Geriátrico”, grabado en la pared. Tampoco es aquí concluyó. Sin embargo, pensando que ya no tenía nada qué perder, decidió entrar. Caminó por enormes corredores blancos y relucientes. En medio de tanta amplitud, de tanta asepsia, se sintió como un mugre sin limpiar, algo más grande que una pulga, pero bastante más lento y estúpido que ellas. Todos las habitaciones estaban vacías de gente, atiborradas de objetos y a oscuras. Todas, excepto la última a la que entró: en la habitación había una mujer sentada escribiendo y frente ella, una piedra circular y transparente, destellaba.
A la máxima velocidad con que puede desplazarse una hormiga, escaló por una de las patas de la mesa y al estar frente a la piedra, vio que su pequeño cuerpo se reflejaba en el interior como el del hombre que recordaba ser. Abstraído como estaba con su imagen, no tuvo tiempo de protegerse cuando la enorme mano de la mujer se le vino encima y con intencional delicadeza le rozó el cuerpo. “Por fin llegaste – la escuchó decir-. Te estaba esperando.” Acto seguido, la metamorfosis comenzó con un escalofrío como un látigo que le recorrió todo el cuerpo.