EN EL NOMBRE DEL PADRE
Ella llegó con paso lento. Tras sus espaldas había dejado todo su mundo pero hacia el frente, traía a su pequeña hija descansando sobre su abundante y generoso cuerpo.
- Hola Nana – la saludé
- Hola tía – dijo por respuesta-.
Observé la niña con detenimiento: era muy pequeña, de tez muy blanca y parecía tan frágil, que de inmediato despertó en mi un viejo sentimiento maternal que debió explicitarse en mi mirada.
- ¿Quieres alzarla? - me preguntó.
- ¡Claro! - le contesté- . ¿Cuántos meses tiene?
- El 31 de mayo cumple un año – me respondió orgullosa.
Al escuchar la fecha descubrí inmediatamente con la pequeña una asociación mayor que la filial: mi fecha de cumpleaños también era en mayo, el 13 exactamente que era lo mismo sólo que al revés. Secretamente me alegré de encontrar esa complicidad y sonriendo miré de nuevo a la madre que con sus carnes generosas hacía evidente estar escasa de amor hacia sí misma, y tuve fe por primera vez, de que esa bebé sería su reivindicación.
- Se llama Julia – agregó sonriendo -. como Julia Roberts, ¿sabes quién es?
Al llegar a casa mi hermano, él y mi padre de ochenta años, en idéntica posición estaban sentados cada uno en una esquina del sofá viendo la tele. Desde que se jubiló ambos pasaban las horas junto a la pantalla viendo carreras de autos, partidos de fútbol o programas portorriqueños que con gritos entre padres, hijos o amantes, pretendían arreglar el mundo. Verlos así, idiotizados frente a la pantalla, revivió en mí un viejo fastidio por la escena y dudé de haber pensado que fuera una buena idea motivar este encuentro.
Cuando mi hermano vio entrar a su hija con la bebé en brazos, un silencio pareció acallar de improviso toda la habitación. Se levantó de la silla y balbució un “ Hola” sin poder dejar de observar la niña. Mi padre a cambio, no desvió el rostro ni un minuto de la tele. A pesar de estar frente a su bisnieta, simuló estar más sordo ó más ciego de lo que está.
Los ojos de la joven madre, de la niña y los del recién abuelo, se reflejaron entre ellos como un callado eco, y pude reconocer en mi hermano que había olvidado lo inolvidable: que la niña tenía dos madres, que era hija de tres. Frente a su nieta, sus ojos irradiaban una enorme ternura. Vi como sentía un imperioso el deseo de acariciarla, de sentir la suavidad de piel. Sin embargo, una especie de rayo negro de repente le atravesó el semblante y otra parte de él, una que le conozco bien, ajena y fría, borró en un solo segundo aquel deseo que hubiera podido desaparecer para siempre la rabia y el dolor. El rayo favoreció al orgullo, la estupidez, la cobardía. Entonces se detuvo y sin necesidad de articular palabra supe que había retrocedió a su vieja sentencia: madre e hija jamás tendrían su bendición.
- ¿No la vas a alzar? – escuché que mi sobrina preguntaba a su padre.
Mi hermano, como si no la hubiera escuchado, como si en la sala no estuviera nadie, no respondió, se dio la vuelta y volvió a la televisión.
- ¡No puedo creer que no la vas a alzar! – le grité indignada.
- ¡Tú no te metas! – escuché sorprendida a mi padre responderme.
- ¡Pero es su nieta! - le dije - ¡la niña no tiene la culpa!
- Eso no importa – me contestó - esa niña no es hija de Dios.
Quedé de una sola pieza. Acaso podía ser cierto que yo era la hija de aquel hombre. Los ojos de mi sobrina brillaban inundados por las lágrimas. Los de la niña, ingenua a todo y a todos, continuaban observándonos y sonriendo sin juzgarnos, y yo sentí vergüenza; vergüenza de ser un ser humano.
martes, agosto 15, 2006
viernes, agosto 11, 2006
(SE FUE Y EL SILENCIO ES ROTUNDO)
DESDEA SOY
Yo, Desdea la loca, piso las calles.
Rompo mi boca loca bajo la noche.
Me doy a los fantasmas de mi tristeza
a los rostros que he sido y a los que esperan.
Yo, Desdea la loca, la que se inclina
A buscarse en las sombras... La que camina...
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea decreto que la locura
es la amante perfecta que me domina.
Que es mi amante secreta y que voy con ella
de la risa y la mano hasta que las cosas
me abandonen del todo por mi locura.
Yo, Desdea la loca que ama el delirio
bebo la vida a diario con ansia sorda
-Y esta sed es más grande mientras más ando-.
Yo, Desdea la loca, soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante
una niña que juega feliz y loca.
Tengo la risa grande de la amadora
a la magia me entrego y ella me adora.
Me hace el amor el vino... Me rompe un verso.
Me diluye un delirio... Me hace un secreto.
Me deshace Desdea -¿Cómo lo haces?
La canción de una piedra cuando se parte;
Yo, Desdea la loca. La que ríe sola.
La que habla con los perros, la que se inclina
a mirarse los ojos en las estrellas.
Yo, Desdea la loca la que se asombra
la que mece a su sombra cuando camina.
Yo, Desdea la loca soy una obsesa.
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que todo lo que tuve me lo he jugado.
Que todo lo he perdido, pero lo he amado.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea la loca, como un decreto
pido a mis soledades que me retengan...
Pido que me recojan las caracolas
que me lleve la lluvia donde no llueva.
Yo, Desdea la loca soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante.
Desdea soy y me desdoblo a diario.
Con mi otro yo transito en las ciudades.
Desdea soy ¡hija de nadie!
Al viento voy...
Al viento voy cantando...
¡Desdea soy!
Liliana Cadavid
(mi amiga del alma que se ha ido)
DESDEA SOY
Yo, Desdea la loca, piso las calles.
Rompo mi boca loca bajo la noche.
Me doy a los fantasmas de mi tristeza
a los rostros que he sido y a los que esperan.
Yo, Desdea la loca, la que se inclina
A buscarse en las sombras... La que camina...
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea decreto que la locura
es la amante perfecta que me domina.
Que es mi amante secreta y que voy con ella
de la risa y la mano hasta que las cosas
me abandonen del todo por mi locura.
Yo, Desdea la loca que ama el delirio
bebo la vida a diario con ansia sorda
-Y esta sed es más grande mientras más ando-.
Yo, Desdea la loca, soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante
una niña que juega feliz y loca.
Tengo la risa grande de la amadora
a la magia me entrego y ella me adora.
Me hace el amor el vino... Me rompe un verso.
Me diluye un delirio... Me hace un secreto.
Me deshace Desdea -¿Cómo lo haces?
La canción de una piedra cuando se parte;
Yo, Desdea la loca. La que ríe sola.
La que habla con los perros, la que se inclina
a mirarse los ojos en las estrellas.
Yo, Desdea la loca la que se asombra
la que mece a su sombra cuando camina.
Yo, Desdea la loca soy una obsesa.
Yo, Desdea la loca digo y desdigo
que el amor es un sueño que nunca he asido.
Que todo lo que tuve me lo he jugado.
Que todo lo he perdido, pero lo he amado.
Que la muerte es el beso profundo y largo
que he buscado en las bocas que me han besado.
Yo, Desdea la loca, como un decreto
pido a mis soledades que me retengan...
Pido que me recojan las caracolas
que me lleve la lluvia donde no llueva.
Yo, Desdea la loca soy una sombra.
Yo, Desdea la loca soy una amante.
Desdea soy y me desdoblo a diario.
Con mi otro yo transito en las ciudades.
Desdea soy ¡hija de nadie!
Al viento voy...
Al viento voy cantando...
¡Desdea soy!
Liliana Cadavid
(mi amiga del alma que se ha ido)
viernes, agosto 04, 2006

TRAS DE LA CASA
¿Por qué llegar y sentir esa casa como propia,
como la conocida, cuando nunca se había visto?
¿De qué está hecha? ¿Cuál es su materia?
Ninguno de los muebles ha sido mío aunque quisiera
ninguna de sus telas, sus tapetes, sus cobijas
he palpado, ni me he abrigado en ellas.
Aquella casa vista ensueños es mi casa, lo sé,
aunque esté tan lejos,
tan después del río amarillo, denso y peligroso
tan después del lagarto enorme
fiero hambriento.
Aunque para llegar a ella,
para poder entrar de nuevo,
haya tenido que hacer, rito primario, un sacrificio y
dar una vida, la de un cachorro para hacerlo.
Recorrí sus estancias de penumbra y polvo,
observé a través de la ventana
su hermoso jardín desecho,
vi la limpieza suspendida de la cocina vieja
y arriba, a unos pocos escalones sollozantes,
la habitación de la danza, del juego, de la alegría.
Más allá encontré la del reposo, dulces sueños,
y más arriba, aquella a la que tuve que ingresar
arrastrando el cuerpo por el suelo,
ínfima buhardilla, desde cuya ventana pude atisbarme a lo lejos.
Viéndome escindida, tan cerca y tan lejos de mi,
Quise preguntarle ¿Quién era yo? al viento.
Él con certeza lo sabría pues era el único
que recorría, con sus pasos los caminos
y un sólo “Tú”, fue lo que obtuve por respuesta,
tan simple y tan complejo como eso.
Entonces pude deshacer mis pasos:
regresar al fogón, encender el leño y hacer fuego.
Prometerle a las rosas asfixiadas, a la huerta,
volver a acicalarlos y por ahora, hacer
de su vida en desenfreno un florero.
Salir de nuevo,
dudosa de si cerrar o no la puerta.
Caminar liviana y en sosiego, cruzar
el río por un lugar no antes descubierto,
atravesar las aguas sobre un tronco
que me esperaba cual camino,
continuar en dirección a la tumba
en la cual descubro, he estado sentada
sin saber desde el principio,
tumba antigua, simple piedra oscura y carcomida
hermosa, sin adornos
posible habitación eterna de Marguerite Duras,
o mía propia,
cuando sea la hora
de no mirar más la casa,
de no volver a ella,
de nunca regresar.